EL FRÁGIL ESQUELETO DE LA DEMOCRACIA

La democracia propende a la consagración de los más altos designios políticos, ideológicos, sociales, éticos, económicos y religiosos. Para que su desempeño resulte exitoso requiere de la mejor formación educativa y cultural de la población y de sus gobernantes. La democracia no es regalo del cielo, aunque se parece.

 

La democracia suele entenderse como un sistema de organización política y social en el que de derecho se impone la voluntad del pueblo en la voz de sus representantes. Es una interpretación aceptable, aunque exige aclaraciones y explicaciones imprescindibles. Se trata de un sistema de organización política capaz de canalizar cualquier descontento de los gobernados, quienes pueden expresarse a través del proceso electoral, de los plebiscitos y, dada la libertad de expresión, de la prensa y de otras vías de comunicación multitudinaria. El Parlamento y los partidos políticos tienen la potestad de generar corrientes de pensamiento que pueden componer una dialéctica fecunda entre el oficialismo y la oposición.

Es común, asimismo, suponer que las arbitrariedades cometidas por unos pocos pueden ser corregidas o eliminadas mediante las medidas tomadas por quienes son muchos. Que la autoridad emana de la voz y de la acción públicas, y que esas son las particularidades principales de la democracia. No sólo se trata del sistema en que el pueblo gobierna a través de sus representantes, sino que, en el caso de que ellos no cumplan con lo estipulado, la libertad de pensamiento y los derechos del ciudadano habilitan la denuncia y aun el juicio político o de derecho de las autoridades actuantes.

La libertad de expresión a menudo desemboca en acciones fuertes e, incluso, en actividades en las que el fanatismo político puede adueñarse de las declaraciones proselitistas y de las protestas. El afán de expresarse puede conducir a la violencia, y el pasado histórico registra multitud de ejemplos por los cuales las multitudes han desembocado en atrocidades en nombre de la libertad y de la igualdad de derechos. Es así que la democracia suele justificarse de acuerdo al supuesto de que las mayorías pueden reclamar y aun imponer su verdad. Pero se sabe que las verdades de las muchedumbres suelen apoyarse más en pasiones que en razonamientos.

La democracia promueve y defiende pródigamente todo aquello que es pasible de volverse contra ella, porque consiste en la forma de convivencia y organización más elástica, libre y de mayor amplitud de derechos. Sin embargo, esa misma amplitud puede ser usada por los fanatismos y las intenciones solapadas que suelen romper el libre juego de los derechos, para caer en sus extremos opuestos. Paradojalmente, la libertad es la forma de vida que con mayor facilidad puede ser ejercida de tal modo que termine conduciendo a la esclavitud.

 

ENTRETELONES

 

Los bienes que garante la democracia, justicia, derechos, educación, libertad de expresión y de cultos, igualdad social, etcétera, no se ejercen en bruto. La democracia no puede garantir nada si la población no asume con responsabilidad ciertas obligaciones esenciales, que concurren todas en la cultura política. Es algo de lo que en general no se habla, se explica poco y, lo peor, no suele llevarse a la práctica. Es una especial modalidad de encarar la vida en comunidad, las acciones parlamentarias, periodísticas, mediáticas, partidarias e interpartidarias. Por ella es necesario que todas las relaciones se realicen procurando que sus consecuencias beneficien a las mayorías y sin que vulneren los derechos de las minorías. Necesitan pasar por encima de los intereses personales y partidarios.

            El respeto por este importante y decisivo patrimonio democrático, lamentablemente, viene deteriorándose. Cada vez y con mayor frecuencia las acciones se realizan con el solo objetivo de ganar voluntades, y a cualquier precio. Se trata de obtener la aprobación del mayor número de personas apelando a toda clase de recursos, no importa si se trata de manipulaciones en el simple afán de conquistar el poder para regocijo propio. Pero el respeto por la cultura política es un requisito indispensable en el libre juego de la convivencia democrática. El conjunto de su estructura jurídica, política y ética se basa en el entendimiento y no en el disenso. El disenso es, precisamente, el problema social y político que la democracia viene a canalizar de la manera que las demás formas de gobierno no disponen.

            La dialéctica oficialismo/oposición hoy día es, con pocas excepciones, el monólogo de cada una de las partes, sin que llegue a producirse la famosa superación de las posiciones y el consecuente hallazgo de soluciones con la neutralización o componendas de las contradicciones: la tan deseada forma de resolución de problemas. Lo que sólo había sido posible por vía racional, empero, hoy se ha convertido en una utopía. La democracia ha vuelto a etapas en las que la potestad de un rey o de una pléyade de nobles o de millonarios hacía su voluntad en detrimento de las poblaciones y los países. ¿Qué vino a hacer la democracia? A resolver el dilema que puede enunciarse así: a mayor libertad mayor desigualdad, pero, a mayor igualdad menor libertad. La democracia no ofrece soluciones milagrosas, pero puede medrar en este gran conflicto social.

            En las primeras décadas del siglo XX, pese a los golpes de Estado y guerras civiles, en Uruguay prosperan acciones educacionales que modifican de plano el panorama cultural de la población, especialmente infantil. Se genera un nuevo concepto de civilidad, orientado en el sentido de la superación personal moral y cívica, y una mayor movilidad social como resultado de los incentivos para el estudio y el trabajo. Paralela a la acción educativa tiene lugar el surgimiento de una cultura filosófica, jurídica, literaria y artística inigualada hasta entonces. Su máxima expresión fue la llamada Generación del 900, a la cual siguen otras destacadísimas que logran poner al Uruguay en un lugar de privilegio en el contexto cultural de América Latina.

 

QUÉ CAMBIA

 

La coyuntura política internacional acompaña favorablemente estos movimientos, especialmente en el plano de la economía. Pero, hacia mediados del siglo pasado se agotan los recursos genuinos con lo que decaen los niveles alcanzados especialmente en lo político y cultural. Es un proceso que desemboca en el golpe de Estado de 1973, el cual provoca un cambio en la concepción de la vida cívica, especialmente en lo que concierne a la educación y la cultura.

El reconocimiento al mérito personal se disuelve como sal en el agua. Como señal de distinción personal, la cultura pierde el viejo prestigio, sustituido por una concepción oportunista del progreso personal, en lo ético, y el culto a las expresiones vulgares en lo estético. El Estado tiende a desaparecer en cuanto a la promoción de la alta cultura y en su preocupación por facilitar la superación personal de los ciudadanos.

La tecnología invade especialmente el plano de la distracción y el entretenimiento por sobre los contenidos de fondo de la información. La educación formal, decisiva en cuanto a la construcción de la personalidad de los jóvenes, cede ante el nuevo objetivo: la preparación para ingresar en el mercado del trabajo. Poco a poco desaparecen los ideales de Varela y de Rodó y se impone una nueva pragmática de la educación.

            El mundo había cambiado, pero la persona seguía siendo la misma, en su fuero íntimo, en la familia, en el trabajo y en el descanso. No merecía el olvido de los principios asumidos por la cultura democrática, que habían influido favorablemente sobre casi todas las reformas constitucionales después de la primera de 1830. La cultura pasa a ser considerada artículo de lujo o antigualla, innecesaria para el desempeño de los jóvenes. La figura de persona culta dilapida su antiguo prestigio e, incluso, pasa a formar parte de un nuevo paradigma con algunos rasgos de analfabetismo funcional.

El Parlamento Nacional ya no es el órgano que atiende e impulsa los intereses de los ciudadanos; lo suple una institución que se consolida públicamente en términos de protesta. Los gobiernos de diferentes signos y que se alternan en el poder en el siglo XXI se clasifican como conservadores o progresistas, aunque todos no siguen otro camino que no fuera el de atenerse al mismo esquema económico y social estándar que cabe a los países de la región. Aumentan la incertidumbre y la desconfianza, y el país se divide en los que aprueban y en los que desaprueban todo. Esa simplificación facilita el desentendimiento y la agresividad en las relaciones entre adversarios políticos. Prospera cierta indiferencia ante la educación, pérdida de fe en el trabajo, cono factor en la formación ética, y se prefieren el trámite rápido y el empleo fácil. Hay consenso en cuanto a que tiene que cambiar la educación; pero ¿en qué tiene que cambiar?

 

CAMBIO ESPIRITUAL

 

Los méritos personales resultan factores intrascendentes frente a lo que se recibe ya hecho, del todo facilitador y utilitario y no exige gasto ni esfuerzo. Lo propio se vuelve caduco, y es adoptado lo ajeno, incluso las ideas y el fenómeno espiritual que producen los sentimientos. El régimen político democrático felizmente auspicia la libertad y permite elegir, una acción fundamental por la que no sólo se eligen los gobernantes, sino que, y ante todo, se define el destino de la persona y su moral.

Contribuye en este fenómeno colectivo la fragilidad y pobreza de la cultura y el enmohecimiento del raciocinio. Se suman las insuficiencias del orden social y económico, los problemas, las anomias, el contagio enajenante de la globalización y la imitación irreflexiva. Se prescinde así de toda posibilidad de enriquecimiento personal y se impone un cada vez más arraigado patrón ético, estético y axiológico vulgar, que pierde la originalidad que alguna vez caracterizó a la cultura propia.

            En torno a la ambición por la cual muchos optan por la vocación política, cobra un predominante papel la palabra, la misma que ha servido para enaltecer el arte y la cultura. Se convierte en el instrumento constructivo de una realidad que en verdad no existe. Como secuela de una embargante e incontrolada libertad de conciencia, el lenguaje vacío de contenido, usual en las declaraciones y discursos, produce una imagen aparentemente real de ciertas figuras públicas y de ciertos valores y conquistas que no tienen otra realidad que la de los significados encomiables y las referencias del todo simbólicas que en otros tiempos se conocía bajo la denominación “lenguaje de madera”.

Bastan algunas pocas palabras para envolver la idea que se quiere difundir, y no hay nada que resulte más fácilmente compartido siempre que se trate de términos simples, que no requieren grandes explicaciones. Invaden los campos sonoros y escritos, aun el de las imágenes a las que suelen acompañar, para volcarse inevitablemente sobre los sentidos medio dormidos de las víctimas. Títulos, anuncios y carteles, protocolos, propagandas, mensajes, discursos se consagran como formadores de opinión y finalmente de pensamiento, auspiciando vacíos de conciencia que terminan en espejismos, prejuicios y explicaciones fraudulentas.

La debilidad de la democracia, pues, se encuentra en los mismos extremos de sus ideales, en los márgenes de su centro de razonabilidad y equilibrio. Todo es oportuno para ella siempre que se ubique en las proximidades de su médula espinal, porque al alejarse apenas cae bajo la exageración y el abuso. Fuera de esa área o breve arco de circunferencia, de inmediato sus maravillas se convierten en desgracias. Este sistema consiste en una pequeña fracción de lo que es posible concebir como convivencia, supervivencia mancomunada, red pacífica de relaciones sociales con posibilidades de progreso y prosperidad. Y, sin embargo, la democracia es el límite de su propia área de actividad, la contracara de su propia posibilidad.

 

EDUCACIÓN Y RELIGIÓN

 

La educación es una formidable fuente de información y liberación de las conciencias: resuelve la dicotomía entre lo nuevo y lo viejo, entre lo que es necesario conservar y lo que es necesario renovar y crear como nuevo. Pero no la resuelve si de parte del individuo no surge la intención de superar sus limitaciones o de procurarse de alguna manera el estado mental que le ponga al día al respecto. En otros tiempos el ciudadano contaba con una fuerza poderosa que colmaba su saber y su espiritualidad; lo defendía de todos los influjos externos proclives a distraerlo de sus propósitos particulares y genuinos, inclinaciones, intereses y gustos.

Hay otra fuerza que empuja a muchos: la religión. Han dicho los entendidos que, al reducirse la potencia de esta fuerza con el advenimiento del modo moderno, materialista y práctico, la subjetividad ha buscado apoyar su condición de fragilidad e incertidumbre en lo externo, vaciándose por dentro y reconociéndose como yo uniformado y estereotípico según lo determinan las prescripciones recibidas desde afuera. Se asiste así a un sustituto de la religión, de la fe puesta en lo trascendente. Es posible que así sea, pero se observa que muchas personas religiosas sienten y actúan como las enajenadas, incluso que piensan como ellas. Tiene que influir la decadencia del sentimiento religioso, si es tal esa decadencia; pero es cada vez más evidente que también ese sentimiento se ha vuelto flexible, no sólo más débil. Puede fraternizar con convicciones o preceptos de carácter social e incluso político de orden materialista.

            Es claro que el ateísmo y los materialismos políticos se esconden detrás de ese vaciamiento espiritual de que es presa el espíritu contemporáneo. Pero en nombre de la religión se cometen los atentados más atroces y se justifican guerras sangrientas, como se justificaban las guerras de religión en la antigüedad. Es legítimo pensar que hay otros motivos que acompañan y refuerzan la necesidad de volcar lo mejor de la subjetividad hacia afuera, rellenar con lo que sea el vacío espiritual resultante, especialmente con el torrente que desde el exterior embarga la intimidad y la conducta.

            Palabras, imágenes, sorpresas superficiales, curiosidades, juegos, pequeñas y grandes atrocidades que embaucan la atención, cuentos y fantasías horrendas con que cualquiera se enfrenta cada día en la realidad real y en la dimensión virtual que se une a lo concreto y a la mano. Tales motivaciones ya no son nuevas ni extrañas y se vuelven vigentes hoy como en todas las épocas en que lo tangible y experimentable llega a superar las expectativas de lo intangible y sólo imaginable. Lo concreto y lo abstracto compiten siempre en la historia de la humanidad, y ocupan alternadamente la atención de las conciencias en las personas de todas las nacionalidades.

 

UN EJEMPLO 


La era anterior a Cristo se caracteriza por promover la indistinción entre el mundo real y el mundo imaginado. Los humanos y los dioses viven en interrelaciones que en sustancia son las mismas. Participan según un conocimiento bastante completo de lo que ambos piensan y sienten, y de lo que son capaces de hacer. La vida es el reflejo de la voluntad abstracta y caprichosa de unos dioses que sienten y actúan como actúan los humanos.

El monoteísmo modifica esta relación de manera radical. Yahveh, por ejemplo, es un dios diferente, autócrata y misterioso de quien se espera todo y a quien se reprocha todo por su eventual indiferencia o su crueldad. El Dios-Cristo está más cerca de aquellos a quienes tiene que poner al tanto de los más altos designios. La relación con la divinidad es más íntima y concreta y con ella disminuye el pavor por lo inextricable. El nuevo Dios no mete miedo sino bondad y no exige obediencia incondicional: es cariñoso y esperanzador. La revelación ahora es menos abstracta; se asume por consagración de la voluntad más íntima. Las religiones modernas conservan esta primicia, el anuncio o kerigma, lo institucionalizan y difunden su fuerza confrontándola con las demás creencias y convicciones de manera de hacerla prevalecer ante lo concreto material.

Sigue pues revistiendo una gran importancia el sentimiento religioso, que surge de las características, potestades y limitaciones de la condición humana, y que mantiene su independencia respecto a la inteligencia racional. Si ésta ha variado en el curso del tiempo, la condición humana sigue siendo más o menos la misma. Las alternativas del sentimiento religioso conservan su independencia en relación a lo racional, porque, como lo racional, forman parte de la inteligencia humana.

            La apelación puede canalizarse a través del mito o de la religión, pero también a través de la ciencia, el arte o la tecnología. Todos estos “medios” proporcionan vías para escapar de la incertidumbre, reforzar la esperanza y alimentar la fe en superar la adversidad que acecha a cada paso. La tecnología ocupa hoy en el nivel popular el lugar del mito, de la religión y aun de la racionalidad, del arte y de la ciencia teórica. Aunque es la ciencia propiamente dicha la gran forjadora de la tecnología, ésta es la que ha invadido la vida cotidiana de los humanos.

Se presenta a la conciencia popular como se presentaba la diosa de la vegetación en la antigüedad o se presenta el Dios-Cristo a los creyentes, como lo sublime en el arte o el logos o razón en la ciencia teórica. Lo exterior a la conciencia alcanza así el punto máximo de concreción. Si se quiere, la ha despojado finalmente de sus antiguos ornamentos abstractos. La tecnología es la religión que ha conseguido materializar a su divinidad.

 

LA NUEVA RELIGIÓN Y LA DEMOCRACIA

 

Vivimos una etapa histórica de afectación de los sentimientos más gravitantes del espíritu: la etapa de la fe en lo concreto y material, que invade al yo y lo determina como lo hacía la religión. Téngase bien presente que el símil vale aquí sólo en cuanto a las intensidades y no a las calidades y contenidos. Pero la tecnología procede de manera bien diferente a la religión. La fe es algo que se genera en la interioridad subjetiva, en lo que se puede llamar conciencia religiosa. La conexión con Dios no depende de factores externos, sino puramente internos de la subjetividad profunda. El nexo con la tecnología, en cambio, se da solo y desde el exterior. Y se impone desde que no es posible vivir prescindiendo de los artefactos y de las invenciones que han llevado el mundo virtual a competir con el real.

      ¿Cuál es la suerte que puede correr la democracia ante este panorama? La tecnología apabullante la obliga a modificar y adecuar sus disposiciones a las nuevas formas y prácticas de interrelación social. En ese trance el ciudadano puede quedar fuera de toda funcionalidad personal, garantías sociales y derechos. Es común que para entonces se recepcionen y asimilen contenidos extraños vinculados a formas fáciles del uso de los derechos. Sólo cuenta con dos instrumentos para contrastar las desviaciones: la prevención y la represión. La educación puede obrar también como instrumento, pero de una clase muy diferente y que sólo se inscribe en el proceso de desarrollo de la inteligencia.

      El celular, móvil o teléfono inteligente es hoy el centro de la vida de cada persona. Ya no lo es el núcleo familiar, la convivencia o el trabajo. Todo pasa antes por la pantalla. El pequeño esfuerzo de adaptación ni siquiera se consigna en las generaciones que han nacido con el aparato entre las manos. Se ha modificado así lo que podríamos llamar estructura constitucional de la democracia. Algunas o muchas de sus disposiciones han quedado caducas, así como las leyes y reglamentos, al menos los supuestos en que ellas está fundadas o que las inspiraron.

 

EL ESPÍRITU DEMOCRÁTICO

 

El espíritu de la democracia es algo que no todos entienden y, aun, que no todos poseen. Para conocerlo es preciso internarse en su tradición y conocer el drama en que se inserta esa tradición. Y tal propósito requiere cultura, curiosidad por el pasado, estudio, preparación previa, educación, información. Conocer la situación del país y del mundo no es suficiente para manejarse en democracia. También hay que conocer el pasado, las secuencias por las que se han encadenado sus marchas y contramarchas. No sólo la sucesión de acontecimientos, sino, más bien, las pulsiones internas que generalmente piden un esfuerzo de comprensión.

      Es bastante fácil entender la información; no lo es entender el sustrato solapado que se esconde bajo ella. Es frecuente que confiemos en la improvisación y en el talento, pues la democracia lo permite. Pero hace falta investigar, hurgar en las líneas y en las entrelíneas de la historia. Sólo por este camino es posible familiarizarse con el espíritu de la democracia. Cada persona impregnada de ese espíritu es su heredera, no sólo la que contribuye con los impuestos. No es la beneficiaria ocasional, usufructuaria de un bien que iniciaron otros y que en el empeño por conquistarlo dedicaron su vida y por eso a veces la perdieron. Es su legataria, pero también su albacea, su custodia.

            Es necesario conocer debidamente el funcionamiento del sistema democrático; pero también es importante conocer el conjunto de las ideas y de los hechos de los cuales han resultado sus instituciones. No se trata en este caso sólo de la serie de los hechos cronológicos sino, especialmente, de aquello con lo que se ha debido enfrentar para llegar a consolidarlos y hacer que surgieran sus lineamientos principales. Se trata de múltiples esfuerzos, luchas, caídas y recaídas y recomposiciones que han demandado esfuerzo y sacrificio.

            Si bien la democracia consiste en el gobierno del pueblo o demos, la voluntad a la que realmente responde es la que se guarda en el espíritu de sus leyes, es decir, en la lógica jurídica y política que incorpora hasta donde puede la voluntad de todos y sin excepciones. Pues no recoge la voluntad de cada uno en forma privada, de los gobernantes o de los gobernados, sino una voluntad general indirecta. Y esa voluntad indirecta se rige por la que se ha procurado recoger y respetar a través de su constitución y sus leyes.

            La experiencia de convivir bajo diversas formas de organización política y social define la aparición de la democracia en el devenir de los tiempos. Sus primeras manifestaciones tuvieron lugar entre los siglos VI y IV a. C en la antigua Grecia y con la democracia ateniense. En el mismo período, Roma vivió una etapa republicana en la que, aunque la nobleza mantenía su hegemonía, los ciudadanos podían elegir dos cónsules para representarlos. La historia posterior demuestra que no es un invento sino un estado final, una consecuencia del pasado político de la humanidad.

            No suele imponerse por aplicación de la fuerza bruta sino como el intento final por establecer la paz entre las colectividades humanas. Es así, pues, que las normas democráticas se obligan a inscribirse en un cuadro que se corresponda con los antecedentes del problema o entorno histórico que, a la larga, es el que ha recogido la voluntad de las mayorías. Por innovadora que sea, la norma tiene que tener en cuenta los antecedentes relativos al caso de que se trate, aunque su cometido sea derogar las anteriores. Este un nervio central del funcionamiento democrático.

            Quiere decir que todas las decisiones, leyes o decretos democráticos no son hechos aislados en el acontecer social, y que jamás pueden dejar de corresponderse con el influjo proveniente de la historia que condujo a la forma democrática. Tienen que atenerse a la necesidad de renovar lo que sea, cambiar, agregar o quitar, pero sin perder el rumbo original, que es permanente y que hay que respetar a riesgo de regresar a la anarquía y el caos. Las disposiciones no pueden exonerarse de un principio casi intangible que las exime de toda heterogeneidad y que preserva al sistema de arbitrariedades y excesos.

      La democracia, en suma, por atenerse a tales lineamientos consiste en una dialéctica que es capaz de discernir entre lo que es claramente conveniente y lo que es posible tolerar como inconveniente en los casos en los que no es posible colmar las expectativas de todos. Su cometido esencial es el de procurar el entendimiento y no el disenso, por lo que no patrocina la confrontación, como hoy se tiende a creer, sino que suscita y ampara la discrepancia y el debate en paz con la sola mira puesta en la resolución de problemas. Finalmente, la población puede expresarse según esa lógica dialéctica e influir en las diversas posiciones y tendencias; pero no es ella la que decide, Porque sólo decide la cultura en la que se apoyan los debates y las normas y que sustenta el conjunto de la acción política.

 

LOS DOS TIEMPOS DE LA CULTURA URUGUAYA

 

“… me parece difícil comprender bien ciertos problemas y teorías si no se estudian
en forma comparativa e histórica. Tiene además, la historia, otras ventajas.
Tiende a evitar, en primer término, la tendencia al aislamiento intelectual,
enseñando al individuo a unir su pensamiento al pensamiento
universal. Y es así un medio eficaz de formar espíritus
verdaderamente filosóficos.”

Arístides L. Delle Piane
La filosofía y su enseñanza, p. 95.

 

La cultura uruguaya, en el sentido general y común del término, registra los niveles más importantes de desarrollo y afianzamiento desde que se estableciera definitivamente la República en el siglo XIX. El pensamiento y el arte, la literatura, la filosofía y las ciencias sociales, la arquitectura, en fin, la obra de los promotores y guardianes de la trasmisión cultural y de la gestión educativa, superan en logros y reconocimiento a otros avances en los planos económico y social especialmente en un período de varias décadas durante el siglo XX.

Ese desarrollo se ha nutrido de las grandes fuentes culturales del mundo, preponderando en el siglo XIX las europeas. Se suma la norteamericana que encuentra su máxima expresión en el XX con singular expectativa en el marco de la educación. En el curso de la segunda mitad de ese siglo se experimenta la consolidación de un pensamiento político inspirado en los materialismos filosóficos. Se apodera de las preferencias académicas, de los círculos intelectuales y políticos en un marco de crisis económica y política generalizada.

Se enfrentan y a veces superponen el deseo de modificación y el afán de conservación de las estructuras políticas tradicionales, y del choque resulta retroceso, polarización social y paulatina desaparición de la imprescindible tolerancia común a la fe democrática. Si bien el proselitismo supone la exaltación de valores por definición sectoriales, en el juego político de los últimos tiempos ha contribuido poco en la causa general y para la consolidación de objetivos razonablemente comunes a todas las fuerzas en disputa.

Parecen seguirse dos tiempos en la cultura uruguaya. Uno relativo a su fuente originaria, de la cual puede fluir una corriente remozada y auto generada, con inspiración en el legado por ejemplo del Novecientos, quizá el mayor contenido de pensamiento y arte del Uruguay. En otras partes del mundo habría bastado para sustanciar monumentos históricos de la cultura. Pero hay otro tiempo de fuente se diría bizantina, echado a correr por cauces escarpados o inadecuados para nosotros y que embarga hoy a buena parte de la actividad cultural más destacada.


LA INTELIGENCIA TARDÍA

 

Al empeoramiento de la economía de mediados del siglo pasado se agregan signos que suelen acompañar ese tipo de proceso y que Ricardo Martínez Ces sintetiza como "corrupción, venalidad y favoritismo" (1962, 58). Los esfuerzos por corregirlo son infructuosos, las expectativas no encuentran respuestas y los reclamos llegan a la manifestación callejera y cobran una singular violencia. El régimen político y económico es denunciado como culpable mientras el sentimiento antiliberal y socializante se instala en buena parte de la intelectualidad nacional. Se encamina como intento de adaptación expresa respecto a las repercusiones políticas que generan los acontecimientos en Europa.

Quizá sobraba pensamiento para generar otro nuevo y, todavía, suficiente cultura particular para generar otra más general. Pero, un tsunami arrastra la sensibilidad popular, inunda y cautiva las preferencias de importantes círculos artísticos, profesionales y élites integradas por los más destacados representantes del arte, la literatura, el periodismo y la docencia. Una clase de fe y una virtual promesa de felicidad se impone como mensaje y flamea como posible instrumento de emancipación espiritual, individual y colectiva.

No surge nada nuevo en el mismo plano que había sido objeto de elogio por parte de la comunidad internacional. ¿Qué se refleja en él como consecuencia de la convulsión social, o qué papel desempeña en el proceso crítico? Es de destacar la aparición de un curso complementario de la actividad social con fuerza suficiente para modificar las conductas. Nos referimos a las organizaciones sociales no partidarias pero altamente politizadas que se alzan como voceras de las principales demandas. A esta vertiente se agrega, en forma paralela y disociada, la ola de sugerencias hasta cierto punto irrechazables contenidas en la promoción de los últimos avances mercadotécnicos. Se complementan así la promesa de la ideología con la ofrenda tecnológica, dos pivotes que abren la puerta de una nueva era para un nuevo y anhelado bienestar.

Carlos Real de Azúa ya se había referido al fenómeno en sus iniciales manifestaciones: la “renuncia a movilizar una ética nacional con exigencias, sacrificios, y esas ciertas constricciones que el crecimiento impone” Asimismo, el “ideal no malvado pero sí algo burdo de ‘felicidad’”. El “implícito descansar en ese hedonismo de los individuos y los grupos de interés (resorte que a la larga y en verdad, mostraría ser el único capaz de funcionar efectivamente).” (Real de Azúa, 2007, 50)

No es fácil encontrar señales de una cultura remozada al menos en la gran franja social en la que se había destacado, como segura entrada en el concierto internacional. Queda en rezago el venero de pensamiento y arte del Novecientos, de la generación del Centenario y a la larga incluso de la del 45, escritores sociales del medio siglo, jurisconsultos, parlamentarios y figuras políticas y expresiones aisladas que no llegan a alentar con el mismo fervor.

Se prescinde casi completamente de una cultura de superación, de mejoramiento y reforma en lo personal y en lo colectivo, y se imponen las aspiraciones peregrinas y la urgencia por adquirir reconocimiento y posición social. Con dignas excepciones, la actividad política, la literatura comercial y el espectáculo público, carecen de la inspiración humanística de otras épocas. Ya lo había advertido el escritor inglés Thomas S. Eliot al afirmar que “la cultura es relativamente inteligible cuando nos ocupamos en el autocultivo del individuo” y que “se destaca sobre el fondo de la cultura del grupo y de la sociedad” pues es “algo que debe alcanzarse mediante el esfuerzo deliberado” (1949, 28).

Cierta historiografía popular se muestra renuente a levantarse por encima de las diversas tendencias, políticas e ideológicas. No proyecta a satisfacción lo que a ella más que a ninguna otra ciencia le corresponde: cruzar el puente que une el pasado con el presente. No aprovecha la descripción de los acontecimientos para instalarse un paso más allá de modo de prevenir sobre lo que adviene, forjándose más como militancia que como hermenéutica y monologando más que dialogando.

Se acompaña con el descaecimiento de la cultura de superación, humanística, quizá mal llamada superior, oportunamente entendida según Mario Sambarino como subjetiva o individual frente a la objetiva o colectiva (1970, 5-10). Se transforma por la acción de las vías de comunicación de masas, reales o virtuales, que se hacen cargo de una cultura carente de los ideales consagrados por el trabajo, el estudio, los méritos, el empeño por alcanzar con esfuerzo y dignidad un puesto en la sociedad. Y se cierran las tradicionales ventanas de la cultura, el aula, el libro, las librerías, los círculos periodísticos, las editoriales, la academia, los cenáculos.

La acostumbrada e ineluctable evolución de la cultura general, que habría aparejado cambios con aumento o al menos mantenimiento de sus calidades intrínsecas, solo genera actividad desorganizada e inercial. Confunde el orden de la competencia comercial con el de la cultura humanística. En el afán por conseguir el incremento de las ventas toma el lugar de los requerimientos espirituales más caros para la población, condenándolos y poco a poco haciéndolos desaparecer. Se experimenta el tránsito de la concepción edificante de la cultura al de su sola formulación antropológica, según la cual todo es cultura si es iniciativa o producto del ser humano y si tiene fuerza primitiva y cobra estado público.

Hasta hoy, los esfuerzos por impulsar una cultura espiritualmente reconfortante, moralmente edificante, íntimamente provechosa, prometedora en cuanto a su posible expansión y socialización, han fracasado. Al menos, se han disuelto como designio ciceroniano de “cultivo del alma”. El cultivo de la persona, según el antropólogo estadounidense Ralph Linton, es el que define los patrones característicos de cada sociedad (1962, 133). El escritor español Diego Moldes ha observado que la eliminación de las disciplinas humanísticas en los programas educativos es una de las más importantes causas de la declinación de la cultura general (2022, 122 y ss.).

 

LA CULTURA URUGUAYA EN TRÁNSITO

 

En el panorama de las llamadas “ciencias de la cultura” o “humanidades” surgen solo algunos escasos síntomas auspiciosos, de verdadera significación, pero encerrados y sin poder de diseminación y arraigo. Son escasas las expresiones culturales que signifiquen más de lo que representa un título académico, algunos empobrecidos premios, tímidos reconocimientos por algún mérito o destaque individual. El título y la sola presencia en medios y redes sociales desplazan al talento y al trabajo vocacional. Desde que es muy importante la influencia que ejerce la cultura ambiente en la persona, el resultado es de signo negativo si esa cultura es pobre, como observó el mismo Linton (ob. cit., 137). Lo mismo resulta en cuanto la influencia va de la reserva personal a la de la sociedad, puesto que no se incuban bajo diferentes amparos.

No es posible una crítica exhaustiva de la cultura de los últimos años y es suficiente por ahora con preguntar: ¿cuál ha sido la suerte que ha corrido la cultura uruguaya en las últimas décadas? ¿Le ha ido bien o mal o regular? Y, aunque aparecen señales esperanzadoras, no son suficientes para derivar una respuesta que pueda augurar algo para el futuro. Solo se puede cobrar conciencia del estado de cosas o, si se quiere, del “ambiente espiritual”, como llamaron Karl Jasper y Real de Azúa al estado interior o subjetivo que domina al conjunto de las personas en un determinado momento y lugar.

¿Hay una nueva conciencia de la cultura? ¿Ya no es la que era antes? En tal caso sería algo inusitado; pero hay algo de esto precisamente en sus nuevas manifestaciones. Cobran la figura de problema curiosamente en tanto incertidumbre, mímesis, incluso enajenación. Para el futuro de la conciencia individual y para el de la colectividad indistinta, con alguna chance de arraigar en la historia, no parece emparejar con la tradición reconocida en el mundo hispanoamericano de otros y no muy alejados tiempos.

El ideal político de la igualdad siempre se debe buscar a favor de la superación frente al de nivelación lisa y llana. De lo contrario, resulta solo condena a una permanencia brutal en lo mismo que solo conduce al desbaratamiento de la subjetividad en un nivel inferior de cultura indistinta, monolítica e improductiva. Cuando se aplica en todos los aspectos, el igualitarismo a rajatabla se vuelve contra lo más acendrado del espíritu democrático, por lo que había escrito René de Chateaubriand que “la igualdad y el despotismo mantienen lazos secretos” (2016,1303).

En Uruguay se modifican los planes institucionales de promoción de la cultura y se sustituye el ideal de mejoramiento y ampliación cultural por otro de reducción y conservación del statu quo, improvisación marginal que brinda estímulo cuando no se necesita. Se supone que esta concepción de la cultura puede representar al conjunto de las personas, satisfacer todas las vocaciones y contemplar todas las inclinaciones éticas y estéticas.   

La concepción es trasplantada al plano del conocimiento, al de las ideas y la reflexión, con particular desdén respecto a su papel en el proceso de la cultura general y de superación. Hay muy poca filosofía de la cultura que se ofrezca a contribuir en una política de resarcimiento, a acercarse a lo que ya podría denominarse desvalido cultural, presente en todas las capas y condiciones sociales. Un desvalido supuestamente autosuficiente, dueño de un entorno espiritual en realidad ajeno, al servicio del entretenimiento fácil, a la distracción tonta y a la nadería. La filosofía en el Uruguay también ha hecho el tránsito de una filosofía general, de filosofía sin más, a solo una filosofía social de carácter enunciativo, descriptivo y denunciante. Esta filosofía se corresponde en su especificidad, pero resulta problemática, dudoso o incierta, si se confirma como filosofía a secas, es decir, si se concibe como disciplina o “ciencia del espíritu”, principal entre las humanidades.

Esta es la situación intelectual de una cultura estatuida por inercia o de facto en el panorama del Uruguay contemporáneo, que no influye en el plano social como influyó benéficamente en otras épocas. La energía de la cual fluye una especie de espiritualidad liviana, al margen de lo que podría especificarse como racionalidad integral, general y universal, la que puede llegar a influir en la cultura deseada por todas las naciones. De alguna manera, sea por inducción, ósmosis o simple imitación, se produce un deslizamiento empático de esa situación intelectual en el medio ambiente, como filosofía de vida, ya exacerbada por el entorno comunicacional.

En tal disgregación y evaporación de las verdaderas aspiraciones, la cultura no puede desabrocharse y ponerse cómoda, porque solo puede desarrollarse dentro de márgenes, intereses y comprensión de grandes audiencias y teleaudiencias. Son las condiciones bajo las cuales parece desplegarse el único ágora de la cultura uruguaya de las últimas décadas, en el que destapa la diversión fácil y el comentario incongruente por sobre la satisfacción que solo puede brindar una cultura legítima que también es de desear.

No está del todo claro el camino de los nuevos tiempos a través del cual es posible mantener en pie una cultura dispuesta no solo a arrogarse el derecho de conservación y respeto sino también de proyectarse y enriquecerse, en cantidad y también en calidad. Al respecto, se trata de averiguar si las crisis económicas son las que promueven las crisis civilizatorias de los valores y de la moral, o si, por el contrario, son los elementos desencadenantes de las crisis civilizatorias, que yacen escondidos tras el vertical descaecimiento de la cultura, los que traen aparejadas las crisis económicas.

Mientras que el amanecer cultural se levanta claro en el siglo XX, a pesar de las guerras civiles y los efectos de las guerras mundiales, en el XXI no termina de escapar de las sombras. Los ideales decimonónicos y el civilismo autogenerante obran en percusión sobre el legado de la tradición y se acompañan sin grandes conflictos de los modelos más prestigiosos del pensamiento social europeo y norteamericano. En nuestro siglo, si se puede hablar de ideal y de ideales consolidados, se sigue la promoción de una mentalidad desestructurada, “invertebrada” diría Ortega y Gasset. La tendencia mental que se pone a cubierto de la tradición en un estado de gozoso conflicto con ella desde que le parece de contenido añoso y en divergencia con la marcha del mundo. Además, esa actitud mental se rinde sin condiciones ante los peores modelos que la globalización desembarca en el país en nombre del pensamiento y el arte. El fenómeno es masivo, no exclusivo de alguna clase social, ideología política determinada, como podría pensarse, ni de ningún estamento social o condición intelectual o profesión.

Llega a dibujarse la figura del uruguayo medio al modo que ninguna ciencia descriptiva se propondría proyectar para bien de la historia. Sea porque no se quiere, sea porque el análisis y la crítica de la sociedad no es fácil cuando el objeto es contemporáneo al análisis, la realidad responde a una figura que se desfigura. Lo que no quiere decir que carezca de las condiciones para volverse a figurar, para intentarlo y volver a revelar su jerarquía histórica.

La propensión de desfigurarse, a su vez, es paradójicamente facilitada por la libertad de pensamiento y, en gran medida, por deslizarse la noción de laicidad hacia los extremos que Agapo Luis Palomeque delimita entre la “neutralidad”, indiferencia o negligencia ante lo social, y el de “proselitismo”, o “celo de ganar prosélitos”, donde “prosélito es el partidario que se gana para una fracción, parcialidad o doctrina” (Palomeque, 152 y ss.).

 

DESPOJAMIENTO DE LA CULTURA

 

El pensamiento, sobre el cual los rasgos culturales ejercen un gran influjo, experimenta una enorme pérdida en lo que es de su exclusiva propiedad, el hallazgo de nuevos puntos de vista y la generación de acciones e ideas originales. Pierde la capacidad de dar con estos hallazgos porque antes pierde la capacidad de procurarlos al empeñarse con todos sus esfuerzos solo en el sentido práctico. Existe un utilitarismo extremo que consiste en aprovechar la utilidad de lo inútil con el fin de cosechar la aprobación y el agrado popular de la menor exigencia espiritual.

Gran parte de la clase de discursos que representa ese empeño se inscribe en el llamado “lenguaje de madera”, “un conjunto de procedimientos que, mediante el uso de artificios, intenta disimular el pensamiento de quien la utiliza para así influir mejor y controlar el pensamiento de los demás. Convencional, prefabricado, desconectado de la realidad, este discurso reconstruye lo real repitiendo incansablemente las mismas palabras y fórmulas estereotipadas, los mismos lugares comunes, los mismos términos abstractos.”​ (Tomado de Wikipedia)

Una variedad de discursos de la cultura termina en una masa mal elaborada sobre diversidad de asuntos sociales que simulan pensamiento. Muchas novelas y cuentos, variedad de opiniones escritas o difundidas en los medios prefieren las anécdotas y el rumor por sobre las ideas o las irradiaciones espirituales importantes. Suelen detenerse en hechos burdos o patológicos más que en contenidos de pensamiento y sentimiento, y respondiendo a una grafomanía infundida por la promesa de reconocimiento público.

La menguada actividad crítica carece de una base propia, tras la cual, sin embargo, podría desprenderse de la rica tradición uruguaya. Ante la circulación abrumadora de expresiones culturales de segundo orden sobrevive la escasa que apenas se filtra con ambiciones más altas; pero es relegada y desamparada. La obra de traducción y divulgación de las grandes editoriales, que responde a intereses multinacionales, ha favorecido el juego de repetición en el ámbito local. Promociona lo ya promocionado en el gran espacio virtual de la web.

La palabra “cultura” se utiliza como carátula de lo más liviano, de la dispersión y el juego inconducente con que los medios contribuyen en el encantamiento de las masas. Se emparenta con la propaganda, el fomento de la más vasta colección de productos comerciales, los estímulos e incentivos con los que es posible encaminar los intereses del público en el sentido de su despliegue autónomo y el mejoramiento de la vida personal: algo propio de la sociedad en que vivimos, pero difícilmente asociable con lo que llamamos cultura.

Uruguay carece de un proyecto en materia de estudios humanísticos, y en ciencia se guía por el sentido práctico que aconseja enriquecer la laboriosidad con profesiones ad hoc, relacionadas con la cartera de clientes internacionales de frutos del país. Esto, que es económica y socialmente irreprochable, no se acompaña del otro sentido, el que a todas luces asoma como necesario para generar no solo oportunidades para la economía y la sociedad sino también estímulos para la formación de la persona y el desarrollo de la cultura de superación, sin la cual no se termina de asegurar el éxito para ninguna de las vocaciones y carreras.

Desde el advenimiento de la política no ilustrada con representación en el Parlamento y en los gobiernos, aparece otro problema. Llegan a ocupar cargos no solo personas sin antecedentes de cultura general sino también universitarios carentes de trato con las disciplinas humanísticas y científicas, y, para peor, con poca o ninguna experiencia en la función pública. El país suele estar en manos de personas que, haciendo exclusión de su seriedad, honradez, buenas intenciones, no tiene norte hacia el que pueda guiar a la población en arreglo a un futuro de mejoramiento general, prosperidad material y espiritual.

Esto se puede confirmar como hecho de la realidad si se mira el pasado inmediato y se comprueba el papel fundamental que, iniciado el siglo XX, desempeñaron los uruguayos. No solo generaron cultura y pensamiento los estadistas y políticos, doctores y escritores; también dejaron una huella imborrable los educadores que, sin grandes pretensiones ni ayudas, consiguieron consolidar beneficios prácticos y metodologías originales. Si se quiere ir a los fundamentos, es necesario reconocer el bagaje negativo y no solo abanderarse con lo positivo, que también lo hay.

Fuere bajo la forma de leyes o reglamentos, de solo ideas o acciones, predominaron los grandes ideales hoy opacados por la necesidad urgente de acomodarse a los requerimientos de la globalización, la competitividad y la cultura de la oferta y la demanda. No es de negar esta cultura, pero no es la única. Pese a sus antecedentes, hoy el país no cree en la cultura de superación humanística, aunque sepa que sin cultura de superación no hay garantía de futuro para la cultura de la oferta y la demanda. No la hay sin grandes ideales, y los grandes ideales solo se conciertan entre quienes han desarrollado y alcanzado la cultura subjetiva que da la familia y la educación formal.

El antropólogo Clifford Geertz ha remitido estas viejas improntas de la política y de las ideologías a los hábitos contraídos por imposición, en las que “los participantes obran […] como hombres de sentimientos inculcados; están guiados tanto emocional como intelectualmente en sus juicios y actividades por prejuicios no examinados que no los dejan ‘vacilar en el momento de la decisión, en una actitud escéptica, desconcertada e irresoluta’”. Aparecen nuevas ideologías políticas y, agrega, “ideologías morales, económicas y hasta estéticas” (Geertz, 191). Al quedar desamparados la cultura y el pensamiento elaborado, el sentimiento y la racionalidad, termina preponderando el culto a una exterioridad invasora incompatible con el sustento que sostiene la libertad y el compromiso social. El cultivo de la persona, inspirado en la subjetividad creadora, la única dispuesta a resolver problemas mediante recursos propios, cede el paso a las más inicuas formas de dependencia y sumisión.

La cultura en su sentido más amplio ha venido asociándose en Uruguay a una de sus subespecies: una modalidad del espíritu y de sus creaciones demasiado fieles a las que se imponen a través de la mundialización. Con eso se ha mantenido al día respecto al resto del mundo, actualizando más que enriqueciendo la actividad interna. Pero esa fidelidad no ha funcionado como estímulo para la creatividad y la originalidad, que son los rasgos que satisfacen las mayores aspiraciones. La reproducción y la imitación automática no logrará nunca hacer que Uruguay figure en el plano de una cultura universal. Para terminar, hagámonos esta pregunta famosa: “¿Habrá algo en nosotros que nos haga perdurables?





OBRAS CITADAS:

CHATEAUBRIAND, François René (2016). Memorias de ultratumba, Barcelona, Acantilado.
DELLE PIANE, Arístides L. (1916). La filosofía y su enseñanza, Montevideo, Librería Oriental.
ELIOT, T. S. (1949). Notas para la definición de la cultura, Buenos Aires, Emecé.
GEERTZ, Clifford (20039. La interpretación de las culturas, Barcelona, Gedisa.
LINTON, Ralph (1962). Cultura y personalidad, Buenos Aires, Breviarios del FCE.
MARTÍNEZ CES, Ricardo (1962). El Uruguay batllista, Montevideo, Banda Oriental.
MOLDES, Diego (2022). En el vientre de la ballena. Ensayo sobre la cultura. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
PALOMEQUE, Agapo Luis (1991). “Alcance y significación teórico prácticos de la laicidad”, reproducido en Agapo Luis Palomeque. Así de simple, 2021, Montevideo, ANEP.
REAL DE AZÚA, Carlos (2007). El impulso y su freno, Montevideo, Banda Oriental.
SAMBARINO, Mario (1970). La cultura nacional como problema, Montevideo, Nº 46 de Nuestra Tierra.

EL FRÁGIL ESQUELETO DE LA DEMOCRACIA

La democracia propende a la consagración de los más altos designios políticos, ideológicos, sociales, éticos, económicos y religiosos. Para ...