PREGUNTA INFINITA A UNA PIEDRA


1

 

Quizá el hombre sabe todo lo que concierne a su propia existencia, a su origen y a su destino, pero ignora que lo sabe. En cierto modo, creo yo, vivir significa ignorar, esquivar la conciencia de que sabemos, sobreseerla. Porque, si el hombre supiera todo, entonces sería posible que ya no fuera hombre sino otra especie de existencia inteligente, una criatura muy diferente. Y su vida sería otra, insospechada e inimaginable. Pero, que el hombre no sepa que sabe no quiere decir que no posea todo lo que hay que poseer para estar en este mundo.

              Si el hombre pudiera hablar en el lenguaje de las piedras, diría: –"Yo soy mi origen y mi destino, pues está en mi consistencia todo por lo cual existo. Esto que ves es todo, no hay más, no hay pasado ni futuro, no tienes que saber más acerca de mí. Si quieres curiosear acerca de cómo me formé, de qué pasó luego conmigo y en qué voy a parar, no tienes más que buscar en cualquier fragmento de mi ser, porque, por pequeño que sea, ahí estoy yo por completo y por siempre."

              Diría la piedra que sabe todo y que no ignora nada, porque está en ella todo lo que es, su origen y su historia. El hombre no puede decir lo mismo, aunque hable en su propio lenguaje, el que se supondría adecuado para decir lo que sabe. Ignora que sabe y, por consiguiente, no debería verse obligado a descubrir lo que ignora, como habitualmente cree, sino sólo desprenderse de su ignorancia: tendría que correr el velo que le impide ver lo que se oculta a sus ojos; tendría que llegar a saber que ignora el calado de su propia ignorancia.

              Pienso que el ignorar lo que se sabe es diferente al ignorar común y corriente. Por llegar a gobernar la conciencia, ella misma es la que impide su retroceso para dar lugar al saber. Y se produce la paradoja de que sabemos que ignoramos, pero ignoramos que sabemos. Desconocemos que el saber está en nosotros, no todo sino el principal, esto es, el saber qué somos, el saber que más necesitamos y que, como en la piedra, está en cada una de nuestras ideas, en cada una de nuestras acciones, en cada una de nuestras partes.  

              La piedra no tiene que hacer nada para ser una piedra; en cambio, el hombre tiene que hacer muchas cosas para ser hombre. Si no tuviera que hacer nada y supiera todo, es decir, si dejase de ignorar que sabe qué es, ¿qué sería? Era de esperar que históricamente remitiéramos la respuesta a Dios. En nuestras manos Dios es la mayor idea, o sea, más que una idea. Dios es la idea que quiere ser más que una idea, que quiere ser más de lo que es. Es la idea en la que parece concentrarse el afán por correr ese velo de ignorancia.

              No tengo duda de que el hombre es parte de lo que existe y que, por extensión, su saber es también parte de lo que existe. Y, en tanto parte de lo que existe, la naturaleza humana ¿podría ser algo común en el universo, como el hidrógeno o el helio, como la gravedad o la curvatura del espacio? En ese caso, el conocimiento también sería algo común en el universo. ¿Por qué no pensar en un conocimiento que fuese infinito, si ahí está el universo que me seduce como algo infinito, aunque más adelante descubra que no lo es?

              Si el conocimiento es la particularidad específica que caracteriza al hombre, podría resultar una "sustancia" independiente que, en nuestro caso, estaría en nosotros como podría haber estado en una vaca, en un árbol o en una piedra. No es del todo absurdo imaginar un conocimiento semejante.        

              Me veo inclinado a concebir un universo infinito y, por tanto, a considerar seriamente absurdos como este. En la Tierra hay cosas que sugieren lo infinito, por ejemplo, las vueltas de una rueda, las oscilaciones de un péndulo, las sucesiones de los días y las estaciones. Pero, percibo estos infinitos en sus mismos lugares, sólo como infinitos temporales, como veces, giros de una noria que está allí, en su lugar de siempre.

              El universo, en cambio, me sugiere abiertamente lo infinito del espacio, el que no se interponga ningún límite al movimiento, al desplazamiento de los cuerpos, a la inmensa masa de galaxias, estrellas, planetas, gases, polvo cósmico, etcétera, que sigue apareciendo en las lentes de los grandes telescopios tras los últimos límites que con ellos se han descubierto.

              Debo incorporar a mi comprensión del Todo una nueva ventana, un mirador que me permita, si no ver, al menos imaginar lo que está más allá. Y si no soy capaz de imaginarlo, puedo concebir un más allá metafísico que debería estar por encima de todo, o que fuera algo más que el Todo conocido. Lograr esta especial visión sería como si mi comprensión se acercara a una visión infinita de todo.

              Creo que ha sido esta ubicación existencial de la conciencia la que ha adoptado el hombre desde el origen del conocimiento, el móvil de sus mayores anhelos, la puerta que lo ha comunicado siempre con lo infinito y de lo infinito a lo sublime, ya que lo sublime no parece ser más que un sentimiento que tiende al infinito. Y, por lo que he podido comprobar, no hay grandes diferencias entre las visiones del cosmos del telescopio Webb y las imágenes que puedo hacerme del más allá, de lo que debe estar por detrás de los últimos rincones del universo.

              Es lo que me ha empujado a suponer que se trata de lo más grande, de lo que sólo es propio de lo ultraterreno. El hombre ha querido siempre representarlo bajo las bóvedas de un templo, los símbolos de una religión, las expresiones del arte o las especulaciones de la teología. Todo eso tiene sentido, aunque no tenga existencia real. Y ha encontrado en Dios el símbolo más importante, exista o no exista. Y, aunque no exista, existe el sentido que su sola idea trasmite.

 

2

 

La relación de una fuente de sentido con la conciencia humana debe ser semejante a la relación que guarda con una piedra o con una planta. ¿Por qué pensar que sería diferente? ¿Sólo porque se trata de nosotros? Así como está todo lo que es la piedra en una piedra, debe estar todo lo que es el hombre en un hombre.

              La relación de la fuente de sentido con el hombre sería la misma que guarda con las estrellas, las galaxias y los agujeros negros, la misma que guarda con la piedra o la planta. No quisiera decirlo así, pero es una relación insignificante, intrascendente frente a lo infinito. Para nosotros será mucho, pero ¿qué para el universo? ¿Qué le importa Betelgeuse al infinito, qué Pólux, qué Antares, qué Stephenson 2-18, la estrella diez mil millones de veces más grande que el Sol?

              Me pregunto qué le importan estas "cosas" al universo; pero la importancia, noción que tanto facilita las comparaciones de un gran número de cosas, ideas y valores, también es insignificante frente a la importancia de lo infinito. Y ¿cuál es la importancia del infinito? No se puede comparar con ninguna otra importancia, dado que el infinito no puede ser de alguna manera; lo es de todas y quizá de ninguna; por lo que no tiene una importancia determinada y las posee todas.

 

3

 

Si me reconozco como un ser lleno de límites, si la misma facultad de conocerme está llena de fronteras y confines, me explico que tienda a representarme un ser que me contenga, y que no pueda imaginar a ese ser con facilidad, o que no pueda pensarlo y acaso tampoco sentirlo. Y que sólo el cielo y los espacios siderales, ingrávidos y casi vacíos, puedan servir como aposentos de lo ilimitado y aun de lo que por carecer de límites me parece perfecto.

              Lo perfecto es todo lo que puedo confrontar a la inmensidad del universo. Al ser desconocido para mí, lo infinito me da la oportunidad de imaginar lo perfecto, es decir, lo explicable por sí mismo, lo que ya se ha explicado por completo por obra de su sola realización.

              Se debe a la imaginación de lo perfecto, quizá, que el arte quiera sobrepasar a la apariencia, que se obstine en ir más allá de lo que se percibe por los sentidos o concibe por imitación y comparación. El arte me parece la otra intuición de lo divino, la otra aspiración, a veces exagerada, a veces a la medida de lo que en general se espera.

              Toda mística es exageración o adoración, fantasía o sublimación. Es la espiritualidad dirigiéndose a lo infinito y aun convirtiéndose en lo que parece ilimitado. Hay una necesidad de infinito que explica a Dios, aunque no lo justifique y sólo lo revista de sentido. Dios es el nombre de esa espiritualidad que extraña el infinito como el cuerpo extraña el alimento. Y es la necesidad que explica al arte. De ahí que se diga que el arte es el alimento del alma, o que Dios es el guardián del alma; no son prejuicios ni fantasías.

              Me parecen algo más que "conocimiento de sentido común", el que es propio de todos simplemente porque lo proclaman todos. El pensar automático, mecánico, diríase ciego, característico de las masas, es opuesto a esta clase de fantasía que se afana por penetrar en el más allá. Esta "fantasía cataléptica", como le llamaban los estoicos, esta "idea sobrecogedora", creo que anida en el alma de casi todas las personas, por no decir de todas.

              Así, pues, saber, más que racionalizar, me parece un fantasear en algunos de estos sentidos. Es fantasear sobre un propósito, sobre una intención, un afán que se colma con vivir, con ignorar que ignoramos (ahora digo "ignorar" en el sentido de desdeñar el saber, en el sentido de desconocerlo, aunque se sepa que está ahí).

              Sólo los sabios saben que ignoran. Los demás vivimos en el estado cataléptico "invadidos como somos por el sistema social, por sus imposiciones, sugerencias superficiales y subliminales", como afirma José Ortega y Gasset (p. 67, ver referencias). Poseedores de un conocimiento que se realiza cuando el sujeto trasciende hacia el objeto, no aprehendiéndolo sino quedando determinado por él (Hartmann, p. 117). Por lo que nos conducimos por inducciones generalmente inadvertidas que nos colman y dirigen.

              Pero ¿quién es poseedor de un conocimiento infinito? ¿Acaso la piedra, acaso la mayor estrella del firmamento? El mayor conocimiento, ¿se correspondería con el más grande de los sentidos imaginables? Para una gran parte de las personas del mundo "lo más grande en todos los sentidos" es Dios. De manera que sólo en Dios es posible encontrar el conocimiento infinito, creo yo. Pero el conocimiento de Dios, aunque sea infinito, no es igual ni parecido al humano, y no sólo porque éste sea finito.

              Dios es una idea incomparable, aunque se la conciba bajo formas humanas; es una idea infinita no porque en ella se concentren todos los poderes concebibles, sino porque no tiene límites. La idea de hombre es finita, pero no porque no sepa cosas, no porque ignore esto o aquello, sino porque tiene límites. No sólo ignora, también sabe a medias; así como tiene certezas también tiene dudas. Busca cómo garantizar lo que parece saber, se afana por demostrar si tal saber es cierto o no lo es.

              "¿Qué es, pues, lo más cierto, aquello de lo que no cabe la más mínima duda"? pregunta el físico cuántico Max Planck (p.  77, ver referencias). "Sólo existe una respuesta a esta pregunta", acota el científico: "lo que experimentamos en nuestro propio cuerpo", responde enseguida. Se trata de la posibilidad tanto como de la imposibilidad de conocimiento, del proceso por el cual conocer es a la vez nuestra pista de despegue y de aterrizaje: el medio y el fin.

              "Es cierto que también se habla de alucinaciones, pero nunca en el sentido de que las percepciones sensibles implicadas sean falsas, ni siquiera dudosas. Cuando somos inducidos a error debido, por ejemplo, a un engañoso espejismo, la culpa de ello no la tiene la impresión óptica, que de hecho existe, sino la actividad de nuestra inteligencia, que extrae de la imagen en cuestión una conclusión equivocada", agrega Planck. De modo que "la ciencia exacta tiene su origen en el mundo de la experiencia sensorial" (pp. 77-78).

              Escapa a la ciencia, me parece, toda certeza que pertenezca a un dominio ajeno al de las percepciones sensoriales. Y, como para muchos hay certezas fuera de ese dominio, entonces habría un saber diferente y quizá más grande que el ajustado a las percepciones sensoriales, "un conocimiento más grande en todos los sentidos". Pero ninguno puede arrogarse la titularidad del conocimiento absoluto. No porque éste sea el más grande de todos, sino porque representa sólo a uno de los posibles sentidos.

              Los consensos que requieren los conocimientos de la ciencia son los mismos que los consensos implícitos que afirman las certezas de Dios. Son consensos humanos. Ambos tipos de consensos que, en definitiva, son consensos sobre creencias, tienen los mismos derechos filosóficos, las mismas prerrogativas sobre tener creencias cuando respetan las creencias de los demás consensos.

              En los últimos tiempos se han ido reconciliando o, al menos, han aprendido a vivir en cierta paz y armonía quienes responden a un consenso o al otro. Se han ido desmarcando las creencias de sus propias exclusividades, de sus principios y rituales, dándose lugar unas a otras y sin reprimirse, como en otros tiempos. Ambos consensos viven ignorando lo que cree el otro, aunque, como sabemos, ocurre en ellos que ignoran que saben.

 

4

 

¿Cómo concebimos el infinito? Todo lo que puedo responder es que concebimos el infinito sólo con aproximarnos indefinidamente a un límite. El hecho de que no podamos encontrarlo nos da esa idea de lo interminable, sin fin temporal ni límites espaciales.

              Se fija un punto en el que resulte posible encontrar un límite último u otro punto más lejano. Por ejemplo, la galaxia más alejada de nosotros entre todas las que es posible detectar. Y, si todo indica que hay algo más allá de ella, entonces existe una variable que tiende al infinito: x → ∞. Lo que significa que, por más que se busque el límite, siempre habrá algo más allá de x.

              Se puede argüir que el conocimiento de por sí es infinito en tanto sistema de alternativas, variabilidad, multiplicidad, derivación, etcétera. Pero estas características responden más bien a la riqueza del pensamiento, a su versatilidad, a sus poderes heurísticos, innovadores, que no son exactamente condiciones de lo infinito.

              Sólo la inmensidad espacial nos da una idea cabal del infinito, al menos de acuerdo con lo que yo puedo experimentar. Cuando se dice que el ojo de Dios lo ve todo, que "mira de lo alto de los cielos, ve a todos los hijos de Adán" (Salmo 33), notamos que hay algo que pasa y traspasa todos los lugares, con lo que el universo parece achicarse en esa mirada; no agrandarse sino contenerse en ella. Que su vista se posa en uno y en todos los lugares y tiempos donde haya hombres.

              Esto también me da la impresión de un infinito espacial; no de una acumulación de cosas grandes sino, al revés, de una reducción a un punto infinitesimal en el que anidan todos los saberes concebibles. Esto es, "un saber más grande en todos los sentidos".

              El tiempo desaparece; ese saber es un "ver" que no depende del tiempo y, como vimos, tampoco del espacio. Ahora, cuando por este artilugio el tiempo y el espacio dejan de registrar límites, se debe a alguna de estas dos razones: a que el infinito carece de esas dos categorías, o a que ninguna de ellas posee realidad y resultan un espejismo, como el de Planck.

              Ese ver inespacial e intemporal nos da una idea apenas no matemática de lo infinito, al alcance del sentido normal, sin fórmulas ni ecuaciones. ¿A quién lo iba a atribuir el hombre sino a Dios? Esa facultad sobrenatural también puede, como el universo, enseñar el infinito, señalarlo ostensivamente, aproximarlo de una manera casi sensible al entendimiento.

              Es parecida o la misma que sirve a la hipótesis cosmológica sobre el infinito. No se diferencia sino en propósitos, en intenciones, en objetivos. Si una quiere medir todo, reducirse a unas unidades precisas, la otra quiere abarcarlo todo, expandirse. Si una quiere atraparse a sí misma en una serie de ecuaciones, la otra quiere escapar de toda reducción. Y, por consiguiente, esta última es la que introduce la noción de trascendencia.

              De esto se sigue que "el conocimiento más grande en todos los sentidos" es capaz de intuir, sea por la vía de la ciencia o de Dios, un más allá al cual no se le han encontrado los límites. Una dimensión del saber dotada de una propiedad excepcional, la propiedad de no tener propiedades.

              Porque, sea lo que fuere la propiedad de que se hable, color, aspecto, composición, resistencia, onda o partícula, no se podrá concebir sino en un marco espaciotemporal de percepción directa o indirecta. Al no poder hablarse de esas propiedades sino en un dominio semejante, ¿qué sería de ellas en una dimensión infinita? ¿Desaparecerían?

              Se podría suponer que, si desaparecieran, lo harían sólo para la intelección humana, especialmente si tenemos en cuenta la hipótesis kantiana sobre el espacio y el tiempo como condiciones del conocimiento a priori. Para el resto del universo no tendrían que desaparecer porque, sencillamente, no estarían dadas.

              Se trataría de que, aquello que está para ser conocido, estaría allí independientemente del lugar y del tiempo, en cualquiera y en todos los que para nosotros son localizaciones y momentos. Lo que equivale a decir que lo que está para conocer es en un ser único, sin pasado, presente o futuro, o en un presente infinito fuera de las posibilidades de la intelección humana.

 

5

 

Einstein enseñó, en un sentido a favor de esta hipótesis, que las cosas del mundo no están en ningún lugar ni tiempo porque no hay lugares ni tiempos de los que se pueda hablar concretamente, sino relaciones entre concentraciones de energía y movimiento. Y que son esas relaciones las que percibimos por nuestros sentidos, no exactamente imágenes o representaciones en el sentido tradicional de estos conceptos. La conciencia se ocuparía de hacer conscientes esas relaciones en nuestra mente, asunto cuyos secretos la ciencia no conoce bien hasta ahora.

              Se comprenderá la convergencia de dos aspectos que parecen de diferente naturaleza: los estímulos sensoriales llegados desde el exterior hasta los receptores del sistema nervioso, y la elaboración de parte de este sistema por el trabajo de los receptores, conductores y neuronas. Allí se encuentra un límite, uno de los mayores para las neurociencias actuales y para el conocimiento en general.

              ¿Cuáles son las bases reales de la conciencia? ¿Cómo resolvemos el paso desde el mundo espaciotemporal o mundo material al mundo de la conciencia o del conocimiento? Lo que pueda decirse será metafísico, espiritual, es decir, puramente mental. Y lo mental carece de una materia que no sea el encéfalo, órgano que no habla ni explica. Parece un fantasma que esconde variedad de contenidos, en parte saber, en parte memoria, en parte historia personal.

              La conciencia se forja junto al conocimiento a través de todas las circunstancias de vida en que hemos reaccionado ante dificultades y misterios. Por mi parte, puedo encontrar el punto en que se cruzan la espaciotemporalidad y la abstracción del pensamiento. Porque ese cruce no es el cruce de lo concreto y de lo abstracto, sino el punto en el que lo sensible se transforma. No porque cobre otra naturaleza ni adopte una función diferente, sino porque existe una única naturaleza y función de base sensible que se metamorfosea, que sólo se transforma a sí misma para volverse puramente neural. Una transformación de la energía como cualquier otra.

              Confirmo, pues, que lo que parece un orden material y un orden mental que se juntan de manera misteriosa para conformar la conciencia humana, es más simple: transformación de la energía. Y que no pueda verse se parece a lo que ocurre en otros casos, por ejemplo, en la electricidad, en el magnetismo, en la gravitación. Esto permite que se prescinda de toda concepción metafísica tradicional, de toda hipótesis sobrenatural, de toda fantasía, para pasar a una nueva metafísica que queda comprendida entre las coordenadas clásicas y las de un estado energético que oscila entre lo objetivo y lo subjetivo, lo físico y lo psicológico.

              El conocimiento sería pura transformación de energía química y eléctrica en energía neural, porque "nada se crea ni se pierde, sólo se transforma". La conciencia, la razón, la mente, el espíritu dejarían de ser dimensiones separadas con funciones diferentes. Serían concebidas como funciones, como sólo procesos de una sola facultad inteligente.

              Puedo llegar a pensar que no existiría una base real para las relaciones, como hemos visto que existe para definir la conciencia.  Sin embargo, sabemos cuál es la clave por la cual establecemos relaciones: la experiencia. El hecho de que seamos animales activos, inteligentes y curiosos, y que necesitemos movernos, desplazarnos, realizar acciones de toda clase, es el hecho que nos impone establecer relaciones entre las cosas, y entre ellas y nosotros, que nos obliga a operar con ellas, a acomodarlas según nuestros intereses vitales.

              El movimiento de los astros, los cambios en el ambiente natural, las necesidades de la convivencia resultan fenómenos que solucionamos en bien del entendimiento por intermedio de las relaciones. El mismo lenguaje de comunicación entre los humanos es una semiosis de relaciones sígnicas. Con él sustituimos el mundo por sus referentes analógicos y sintácticos, lo que nos permite transitar toda clase de caminos de significación, personales, familiares, laborales, políticos, éticos, estéticos.

              La experiencia me parece el dominio en el cual el conocimiento fluctúa desde su posición de sujeto a la de objeto, y vuelve determinado por este último. No habría conciencia de sí ni se establecerían reconocimientos, asociaciones ni comparaciones respecto al entorno sin la experiencia. Seríamos pura espiritualidad, seres angélicos; o, si sólo contáramos con la experiencia, simples objetos como los que nos proponemos conocer, relaciones entre las cosas.

 

6

 

Si una piedra pudiera hablar, diría: –"En mí están aquí y ahora todas las relaciones que se han establecido en mí desde que soy piedra. Si te fijas bien encontrarás incluso las relaciones que me conciernen aun antes de ser piedra." Si nos atuviéramos a la teoría sobre las plantas de Goethe, una planta diría: –"Soy lo que han hecho de mí mis más íntimas relaciones; he desarrollado mi forma original de acuerdo con una clase de relación madre que es sólo mía. En esto que ves, por consiguiente, está todo lo que soy, mi pasado, mi presente y mi futuro."

              Quizá está incluso en la planta la dirección de la trascendencia. No consiste sino en salirse de sí, en saltar o querer saltar por sobre lo que se es. Esta inquietud me parece que está en el hombre de manera natural y espontánea, en cada idea, en cada intención, en cada acción, en cada proyecto o tarea. De modo que podría decir que en él están, en cualquiera de las circunstancias en que se le pueda sorprender, todas las relaciones que han hecho de él lo que es.

              No se diferencia con la piedra ni con la planta, y quizá con ninguna cosa del mundo conocido. La historia de cada ser humano no es sólo una colección de hechos pasados, como aparece en las biografías. Eso puede ser la memoria, la suya o la de sus descendientes, es decir, el registro de lo sucedido en su vida en el espacio y en el tiempo. Pero no es su historia verdadera, el proceso de todo punto de vista vicisitudinario por el cual ha llegado a ser lo que es.

              Este proceso se da en él sin continuidades temporales, porque no consiste en la serie de lo que ha vivido antes y de lo que ha vivido después, sino de lo que está siempre siendo en él. No un hecho cronológico sino un hecho intemporal e inespacial. No exactamente un hecho físico convencional, un acto en el cual intervienen diversos flujos de relaciones que pueden ser registrados por observadores externos, sino una transformación de energía. Así, el flujo atmosférico del viento que se transforma en electricidad, la energía cinética que se transforma en calor, etcétera.

              No tengo mayores dudas de que, siguiendo estas reflexiones, pueda llegar a afirmar que el ser humano es una forma natural que tiende hacia la trascendencia. Que tiende hacia algo mayor a él, aun en los ejemplares de la especie más abúlicos e indiferentes ante su propia vida. Una relación entre lo que en él es dado y lo que es posible que llegue a ser. Una simple faceta de la condición humana, la dirección que lo empuja a trascender su ser, a salir de su condición de vida de siempre.

 

7

 

Es necesaria una precisión fundamental, pues hemos visto que la noción de espacio nos ha llevado a la noción de más allá, y la de más allá a la de infinito, de manera que esta última nos ha dejado a las puertas de la noción de trascendencia. Y todo esto puede encerrarse en un cuadro susceptible de dos posibles interpretaciones. Una es la que concierne a un más allá espiritual, que termina en una sutileza o en un sentimiento. Otra es la que concierne a un más allá real o material, que termina en un descubrimiento o en una ampliación de lo conocido.

              En las dos interpretaciones caben matices, por ejemplo, en la primera, espiritual, cabe el más allá divino, el de Dios, y en la segunda un más allá de lo que en general es el hombre, la superación, etcétera. Se ubica a Dios en los cielos, en una esfera en la que ya no tienen validez ni cabida las propiedades de los bienes terrenales. Y se ubica al hombre en la tierra, en una esfera en que los bienes terrenales tampoco tienen validez en cuanto a la superación.

              En cualquiera de los casos, "Lo esencial radica en que el mundo de las percepciones sensoriales no es el único mundo al que conceptualmente se puede atribuir existencia, sino que hay también otro mundo al que, es cierto, no tenemos acceso de forma directa; un mundo al que nos vemos remitidos con abrumadora claridad una y otra vez, no sólo por la vida práctica sino también por el ejercicio de la ciencia." (Planck, 90)

              De esto se trata cuando hablamos de metafísica. De una metafísica que incurre en el lenguaje de la tradición clásica cuando choca con todo lo que oculta el conocimiento humano, sea el que fuere. Es cuando se abandona a las formas de la física porque advierte que puede arreglárselas con sus solos recursos.

              Entonces se cruzan dos direcciones aparentemente opuestas: la trascendencia y lo oculto, dos "más allá" de diferente signo, pero de un origen parecido o igual. Lo trascendente también es oculto, y lo oculto muchas veces se considera transcendente. Ambas visiones remiten a dos dominios de conocimiento diferentes, ambos fuera del alcance de las potencias de la conciencia humana.

              Se cruzan lo natural y lo sobrenatural, pero el cruce no es una fantasía ni un error. Pues ocurre una inversión ontológica asombrosa, ya que para lo sobrenatural no hay ocultamiento de la verdad, mientras que lo hay para lo natural. Hay una realidad previamente dada para lo espiritual y una realidad previamente deducida para la ciencia.  

              En todo esto se oye el sonido de una nota, y la vibración de un armónico que llega al oído y al entendimiento en el mismo tono fundamental. Como el más próximo acercamiento posible entre lo trascendente y lo oculto, en un ensayo de fusión entre la metafísica clásica y una nueva metafísica. Quiero decir, un ensayo de metafísica que ya no disimula su lenguaje cuando se inmiscuye en la desconocido e inexplicado, y una nueva ciencia que no abomina del lenguaje metafísico

              Ya se puede decir espíritu, trascendencia, más allá, se puede hablar de lo oculto sin miedo a caer en esoterismos, ocultismos ni parapsicologías. Se puede hablar de percepciones sensoriales y de acción neural, del fenómeno de la conciencia o del sistema nervioso, de los sentimientos o de las reacciones químicas de los sistemas de neuronas.

 

8

 

Si una piedra contiene minerales, y los minerales átomos de elementos químicos, entonces, hasta dónde sé, la piedra está compuestas por partes del universo infinito o finito. El hombre, que contiene oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, etcétera, también contiene pensamiento. Sea lo que fuere, el pensamiento, entonces, está formado por oxígeno, carbono, hidrógeno, etcétera.

              No hay cómo negarlo. No vemos estos compuestos del pensamiento cuando pensamos, pero, tampoco vemos el oxígeno ni el carbono del cuerpo. De donde se sigue que el pensamiento está compuesto de partes del universo infinito.

              Prefiero pensar que el pensamiento es algo perteneciente al universo, y que, como esos elementos químicos, también está en el hombre. No que el pensamiento sea algo exclusivo de los humanos para formar o no formar parte del universo.            Buscamos la vida con gran tesón e inquietud en el espacio estelar, y pensamos que tiene que ser tan común como los minerales y como el hidrógeno. No es una fantasía sino una gran inducción, la posibilidad de una verdad habilitada por una operación anterior de observaciones comprobadas. Y esa vida, que no tardaremos en descubrir, si realmente es vida, tiene que participar del pensamiento del universo. Y, si ese pensamiento realmente es pensamiento, tiene que ser una transformación de energía que tiende al infinito.

              Si hay elementos en todas las partes del universo, también hay pensamiento; y es infinito. No lo tiene la piedra y quizá tampoco la planta, pero hay otras cosas que no lo tienen. No está claro que pueda haber pensamiento en lo que no tiene vida. Sin embargo, desconocemos las formas de manifestarse algo que en nosotros son ideas, imágenes, conceptos, sueños, invenciones. En los animales se manifiesta a su manera, y es del todo claro que existe una conciencia y un curso de imágenes en muchos de ellos. Estas otras formas de manifestarse el pensamiento tienen que ser propias del universo.

              Hay algo que tampoco se ve ni se oye ni palpa, pero que por eso no deja de ser ostensible. Pueden no tener pensamiento las cosas que nos rodean, los objetos al alcance de la mano, y también los más apartados, los árboles, el mar, las siluetas del horizonte, los bosques y las sierras lejanas, hasta las nubes, la Luna y el Sol. Pero esas cosas están rodeadas de pensamiento humano, porque siempre hay alguien que piensa en ellas con el pensamiento del universo infinito.

              Si bien carecen de pensamiento, es el pensamiento el que les otorga la posibilidad de tener presencia entre los vivos. Se podría decir que sin el pensamiento que las rodea no existirían, porque existir es algo que dispone el pensamiento. Sin él, el universo podría ser otra cosa, ajena a la idea de existir, diferente; hasta, incluso, podría no existir en el sentido humano de esta palabra y, de todas maneras, seguir siendo universo en tanto universo.

              Nada tiene que ser como lo concibe o lo concebiría el hombre, ni siquiera el mismo pensamiento. Podría haber pensamiento bien diferente, el pensamiento del universo manifestarse de diversas maneras, como se manifiestan los diversos elementos químicos y también los objetos estelares, los cometas, las nebulosas, las supernovas y estrellas de neutrones.

              Existir sin pensar en que existimos, ¿acaso no se parece a un universo sin hombres, sin conciencia de lo que hay, sin conocimiento ni sensibilidad? ¿Necesita pensarse el universo para existir? Le preguntaría a una piedra: –"Necesitas pensarse para ser una piedra? ¿Nombrarse con ese nombre, analizada y clasificada como piedra?"

              No me responde, pero su silencio me llega como respuesta contundente que dice no, que niega el hecho de que necesite pensarse para ser lo que es. Quizá agregaría algo como –"Tampoco tú lo necesitas." Y de aquí podría deducirse que el universo tampoco lo necesita.

              Sin embargo, un universo sin pensamiento es una idea que apenas cabe en la mente. No sólo porque la mente es puro pensamiento, sino porque, sin alguien que reconozca el universo, sin un intérprete que traduzca el lenguaje de las órbitas, de las grandes explosiones, colapsos gigantescos, densidades masivas extremas, radiaciones, púlsares, campos magnéticos y ondas gravitacionales, no habría diferencias, comparaciones, similitudes, no habría asociaciones ni relaciones y todo sería una sola cosa indiferenciada y aburrida.

              Por lo tanto, sin pensamiento el universo no existiría. Sólo sería, pero no existiría. Sería algo, pero no un universo, no una cosa mencionada por el idioma del pensamiento. Sería una cosa narrada por el silencio de una piedra o de una estrella. Quizá una tenue luz encendida en medio de la oscuridad del infinito, de un cielo sin fondo ni colores, de un valle inmenso, descomunal, pero sin aromas ni sabores. Y sin inquietudes, sin miedo, sin curiosidad, sin saber ni no saber.

 

9

 

Y sin fe, y sin Dios, al menos sin un Dios sentido como lo sienten los humanos. Sería un universo sin nada externo, sin un creador, sin un principio y sin un destino. Un universo sin padre ni madre, huérfano cósmico, criatura librada al azar, a la suerte de unos dados tirados sin esperanza.

              Sin energía igual a la masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz en el vacío. Un universo que, sin ciencia ni medidas ni cálculos, dominado por la sola ley de la soledad, del frío y de las interminables distancias, sería algo parecido a la nada. Sin misterios que resolver, sin descubrimientos ni maravillas pintadas por las lentes telescópicas.

              Sin nadie que ignore, el universo se convertiría en un sistema de por sí explicado o autoexplicado, completo y sin expectativas. Un gran hecho sin comienzo ni fin, sin antes ni después, en el que darían lo mismo las causas y las consecuencias, el tamaño, la masa y aun la velocidad de la luz.

              Un inmenso volumen en el cual unas masas devorarían a otras sin términos de tiempo ni espacio, y en el que unos ríos de estrellas girarían en torno a un misterio, y unas bolitas de apariencia rotundamente negra, del tamaño de una pelota de fútbol, absorberían la energía de galaxias enteras.

              Todo sin que le importe a nadie, sin que se escriba al menos en una historia de cataclismos. Todo sin millones de años luz, porque sin medidas daría lo mismo la distancia del Sol a la Tierra o de la Tierra a Antares. Todo igual a sí mismo por carecer de diferenciaciones, que es lo propio del hombre. Sin espectros en el infrarrojo o en el ultravioleta, sin registros en los radiotelescopios ni x elevada a la ene ni binomio de Newton ni ecuaciones diferenciales.

              Reinaría la nada, porque sólo habría unos vacíos dentro de otros y no habría relaciones ni locaciones. Ese universo no contaría con posiciones ni movimientos de unos cuerpos respecto a otros. La vastedad infinita sólo acontecería de una sola vez, indeterminada y fulminante, sin procesos ni evoluciones. Tal como si todo lo que existe se originara de pronto y al instante explotara y desapareciera como lo hace la nada.

 

10

 

La mirada humana siempre busca lo diferente en un cuadro donde se le aparece el conjunto de las mismas cosas. Busca lo que difiere respecto a lo esperado, lo distinto, desigual, desemejante. No siempre busca lo igual o indistinto, y quiere distinguir lo que se esconde entre lo conocido y reconocible.

              Esa misma búsqueda es la que se refleja más allá del horizonte inmediato. Hay una mirada que busca más allá de los lindes de la Tierra, más allá de su mismo poder de buscar y extender el plano de la búsqueda.

              En la mirada humana siempre hay una perspectiva de algo inesperado, lo que a veces ocasiona la configuración de alucinaciones, fantasías y fantasmas. Porque la mirada posee la capacidad de discernimiento, pero también de imaginación. Y hay sólo un paso entre discernir e imaginar, una separación mínima que no impide que se conviertan una en la otra, enriqueciéndose o empobreciéndose mutuamente.

              Esa pequeña distancia entre los componentes de la mirada es la responsable de los errores de apreciación tanto como de los mayores aciertos, aproximaciones a lo buscado. Es una ayuda y a la vez un perjuicio, aliento junto a una verdadera traba. Al mismo tiempo, una verdadera maravilla que hace posible el conocimiento.

              Facilita la composición de una figura que oscila entre lo posible y lo no posible, lo probable y lo improbable. Y eso es lo que logra la mirada: no una figura terminada, correcta, igual a lo buscado, sino una aproximación, una semejanza, un parecido. No corresponde a la mirada el juicio último, la determinación final, que corre por cuenta de la razón.

              Por eso Dios es lo que aparece en la mirada, no lo que capta la obra general y razonada del intelecto solitario. Y, aunque cueste comprenderlo, también es la chispa que se aparece a la ciencia y que enciende la deducción y la inducción. Así, se pude decir que la mirada es el prólogo del conocimiento, su inicial desenvolvimiento, el primer paso a partir de la total inmovilidad del espíritu.

              No resulta extraño, pues, que el hombre tienda a salirse de sí mismo y a querer penetrar lo que supone está por detrás de las últimas formas que apenas distingue la visión. No se conforma con ellas, puesto que mirar no es como pensar. Si pensar consiste en envolver una idea y modificarla, como si se tratara de dar más luz a un candil apenas potente, mirar es desnudar la imaginación y volver a vestirla confrontándola en un contexto incierto y diverso, como si hubiera carecido de formas y contenidos, hasta de imágenes, y ahora cobrara el valor de lo real, con colores y tamaños, aromas y sabores.

              La mirada, que puede ser sustituida por la audición o el tacto, comprende no sólo el paso último del conocimiento, la comprobación por la experiencia y la experimentación. Está presente antes, con anterioridad al conocimiento en tanto tal, anterior a la razón y a la intuición.

              Es también el impulso interior por el cual fulgura una imagen o unas figuras cualesquiera de la imaginación, que adelanta ciertas particularidades de lo buscado, si lo buscado es subjetivo, espiritual o moral.

              De esta manera, ver no sólo es producir una imagen en la retina. También es producirla en la imaginación profética, en la sospecha o en la probabilidad. Ver y percibir no son sólo una función de los sentidos del cuerpo, de los receptores y mensajeros del sistema nervioso motivados por señales externas. Son también función de los sentidos internos, expectativas, afanes, deseos que funcionan como las percepciones sensoriales.

 

11

 

Haré otra pregunta a la piedra: –"Por qué estás ahí para que yo te contemple? ¿Cuál es el sentido de tu existencia?" Y como la piedra no habla, y su sola tarea es no hacer nada, sólo estar ahí hasta que alguna voluntad ajena modifique su pasividad infinita, habla su silencio:

              Pide que no haga preguntas tontas. Y, en verdad, le he hecho una pregunta que se responde sola, porque ella no responde preguntas ni lo necesita. No está ahí para que yo la contemple, aunque la contemple. Su incapacidad de reacción a distancia lo atestigua; no necesita miradas ni que se la toque, como si no necesitara nada, no requerir nada de nadie.

              No sólo la piedra, el universo está exonerado de necesidades ajenas. Ni que lo miren como hacemos nosotros, ni que, llegado el caso, lo modifiquemos. Más bien, parece él dispuesto a modificarnos a nosotros, ya que somos una de sus insignificantes partes o expresiones.

              Las solas puertas que nos comunican con él, las del cielo místico, y las lanzaderas de los cohetes, apuntan a un blanco que no habla ni oye ni piensa, y que sólo está allá como aquí la piedra. Como ella está formado de minerales, vacío, partículas, polvo, grupos de galaxias. Ese blanco no tiene un centro ni lugar concreto al cual apuntar.

              El hombre es quien ha convertido al universo en algo para contemplar. Si contemplar fuera una facultad infinita, como el universo, se vería en su totalidad de una sola mirada. Y, quizá, esa mirada se parecería al estar de la piedra, porque ya no inquiriría ni hablaría.

              –"Felizmente –agrega la piedra–, mi existencia no necesita sentido, algo que tú necesitas encontrar en todo. No soy como eres tú y, quizá, ni siquiera podría decir que soy. Ser es algo serio, para ti y para mí, pero para mí basta con ser piedra. No sé qué es ser."

              Y el silencio responde más, aún: –"Si tú pudieras ir más allá de tu contemplación comprobarías cómo me modifico, cómo cambio y me transformo. Sabrías que hay más ritmos de los que crees."

 

12

 

¿Cuántas veces he pasado junto a esa misma piedra al lado del camino? Y, en todas, la piedra es la misma. Por las noches levanto la vista y veo otras piedras en el cielo, piedras con nombre, Betelgeuse, Rigel, y siempre son las mismas, no parecen cambiar. ¿Qué diferencia hay entre la piedra del camino y las del cielo?

              Sólo yo encuentro diferencias. No hay diferencias para el universo sino para el pensamiento cuando se posa en el hombre. Si no estableciera diferencias me marearía, enfermaría y moriría. Y, si bien a una estrella no le importa morir, o le da lo mismo que nacer, a mí me importa, aunque no sé por qué.

              Es posible que me importe porque no quiero abandonar el mundo sin la figura de hombre. La estrella muere, y esta expresión, que se dice en nuestro lenguaje, en el de ella no es expresión: es sólo cambio, como nosotros cambiamos de vestimenta. La estrella muere en tanto estrella, pero es mucho más que estrella. Es una manifestación multifacética del universo, multiforme y cambiante. En otras palabras, es estrella y mucho más: polvo, luz, energía, radiación. Yo soy una sola cosa, tengo un sólo cambio, a lo sumo dos. Porque los hombres diferenciamos, encontramos diferencias en las que creemos.

              Para el pensamiento del universo no hay diferencias: el universo sólo es de una manera. Si se pudiera conocer su lenguaje entenderíamos que él no analiza ni divide ni separa ni busca proporciones. En su manera de ser no hay relaciones de espacio y tiempo: es en todo tiempo y en todo lugar. Para nosotros, en cambio, tiene unos trece mil millones de años –o es eterno. No tiene que medir, y eso le permite ser en un mismo instante y en un único espacio.

 

13

 

Esto ha sido intuido por místicos y poetas, como Milton, Swedenborg y Blake, apelando al "mundo de la imaginación" o "mundo de la eternidad" que, afirma Swedenborg, "existe en el mundo y más allá de él". Es el mundo que nos espera tras la muerte del cuerpo (McDannell, 438-439).

              Es posible experimentarla plenamente manifestada, aunque antes se necesita saber cómo hacerlo, de qué manera sentirla, cómo pensarla, contenerla en la mente, con qué palabras inteligirla y en qué idioma.

              No creo que la experiencia del universo entero sea imposible para el hombre. Quiero decir, la experiencia de ser sin otras propiedades ni categorías. La de ser sin existir: no me parece una fantasía de clarividentes, místicos o nigromantes.

              Es preciso concentrarse en la vida que nos concierne, en la simple condición de ser lo que somos, sin cortapisas, distracciones ni acomodos. Pues en esa condición de ser está la quinta esencia del existir. Se la puede habitar como si fuera nuestra casa, y sentirla como si fuera nuestro cuerpo. Basta con despojarse de toda incitación común y atender las más elevadas, las que requieren dedicación durante toda la vida.

              Es posible empezar a sentirse como la verdadera expresión del universo en lo que nos concierne. Una minúscula chispa que nos quema levemente y nos avisa que sintonizamos con el universo. No es necesaria más trascendencia que la justa que nos corresponde por comparecer en el pensamiento del universo. No es una señal del cielo sino del interior nuestro más auténtico. Una confirmación de que somos; no de que sólo existimos, sino, además, de que somos lo que somos.

              Si me preguntan cómo sé que soy lo que soy, contesto con esta expresión: –"porque he llegado a ello". Porque me he desplazado hasta mí mismo, desde casi la nada, no porque lo sepa por la razón. Lo sé porque estoy en lo que soy, no porque me conozca a mí mismo. Y para estar en lo que soy, y no en otra cosa, alma o cuerpo, sólo necesito hacer lo que hasta ahora he hecho para hacerme, estar en mí y no fuera o en otros. Ni siquiera necesito pensar mucho; sólo empujarme en el sentido que he dado a mi historia. De lo contario, no seré y sólo seguiré existiendo de cualquier manera.

 

14

 

Esto no quiere decir que olvide a los demás; por el contrario, estar en mí mismo es igual a contemplar el cielo que está dentro de mí mismo, y también contemplar e intervenir en el más terrenal de los entornos, de las cosas y de las personas, que está sentido profundamente en mí mismo. No estoy en mí sin la presencia de los otros, queridos o no, conocidos o no.

              Fallaría mi concentración, empero, si los demás pasaran por encima de ese estar en mí; si ya no me contuviera mi historia sino la de los demás, la de las cosas y la de la promoción de las cosas. Siento como una barrera entre esa concentración y el mundo externo, el mundo que ha venido fustigándome, empeñándose en invadir mi espacio y volverse mi propio mundo.

              No puede evitar que lo sienta extraño, fuera de mis predilecciones. Sé que nada es mejor sólo por pertenecerme, pero no se trata exactamente de lo mejor sino de lo acostumbrado, de lo que me ha sido siempre grato. Incluso, de todo aquello que me ayuda a sentirme en conexión con la verdadera exterioridad que necesito, no la de las personas y las cosas sino la que está al alcance de mi mano, quizá dentro de mí mismo, en estas mismas palabras, entre las partículas elementales que me componen, lo único que siento próximo a la exterioridad del universo, o próximo a Dios; pero no lo sé con certeza.

              He sentido siempre algo parecido a esa conexión, que parece ser innata en el hombre, el impulso que nos induce a querer dar un salto y escapar de la existencia, volar hacia otro mundo o ponernos en contacto con alguien del más allá.

              Pero también he sentido el peso de la existencia, el que me invita a aceptarla tal como es, es decir, inevitable y bajo las condiciones que he conocido siempre. Esto también me ha hecho pensar en lo más grato, en la gratificación de vivir en este mundo y no en otro. En pensar que no hay otro mundo que no sea este, y cuya gracia o desgracia casi siempre depende de mí y de los demás.

              A veces creo que son los demás quienes influyen para que el mundo resulte grato o ingrato; y otras veces creo que soy yo el único que influye, es decir, el que cree en que el mundo se presenta de la manera en que se presenta. Pero no he pensado nunca que hay un destino que decide, es decir, que hay un Dios que determina o que hay leyes del universo que se cumplen indefectiblemente.

              Siempre me ha parecido que no hay ningún Dios, aunque, quienes creen en él, siempre me han hecho pensar y vacilar, por su firmeza y seguridad en la fe, y por eso he intentado sentir mi fe como fe en Dios. Tampoco creo que haya leyes deterministas que se cumplan y definan el destino de las personas, aunque muchas veces compruebo que la humanidad cae reiteradamente en las mismas variaciones de la historia de siempre.

              He observado estados de cosas que evolucionan hacia cualquier lado, así como personas, familias, negocios, colectividades, ciudades, países que cambian sin un rumbo fijo, sin una imagen directriz, como si se tratara del reinado del azar. He observado lo casual más que lo que se espera para bien de todos, cómo se impone lo superfluo, caprichoso y sinsentido. Eso me ha impregnado de incredulidad.

              Pero ¿qué relación existe entre esta incredulidad y la fe? ¿Por qué siento irrebatiblemente la esperanza si no dispongo de ninguna señal de más arriba, de Dios o de la ciencia? En cuanto relaciono la fe con Dios, con leyes universales, con constantes éticas o estéticas, sólo obtengo un sentimiento de rechazo; me inunda la incomprensión y la ajenidad.

              Nunca me ha abandonado la esperanza, una esperanza no sé de qué, pero que siento como algo favorable, positivo, de mejoramiento. Eso es la fe para mí, pero nunca la pude conectar con algo externo, natural o sobrenatural. Y, sin embargo, he vivido circunstancias en que la vida me ha gratificado sin que yo hiciera nada, como si Dios me hubiera ayudado.

              Las grandes penalidades ocasionalmente facilitan grandes aprendizajes, y eso puede influir a favor de la credulidad tanto como de la incredulidad. Pero esas penalidades jamás dejan de quitar algo importante a la persona. Lo primero que quitan es el tiempo de vida, lo que a mi juicio quiere decir que disminuyen las posibilidades de la experiencia, de los cambios, de las alternativas y búsquedas, de practicar el ensayo y error, el acceso a la diversidad de la vida. Pues las penalidades nos encierran en un círculo terrible, del cual es muy difícil escapar: aunque enseñan muchas cosas, quitan vida y empequeñecen el mundo.

              Cualquiera que tenga algunos años puede comprobarlo. Por mi parte, advierto que soy yo el que "paso", no el tiempo, no los años. Pienso en ellos y sólo se me representan las vueltas de la Tierra en torno al Sol.

              Así, pues, cuando recuerdo mi historia no recuerdo ningún tiempo pasado, sino a mí mismo, quien "ha pasado", pero está aquí. Advierto que esa historia está en mi presente y no en otra dimensión, en la de la inexistencia.

              Me podré decir a mí mismo que lo que está aquí y ahora es el recuerdo de la historia, de mis tiempos pretéritos. Pero, si fuera sólo el recuerdo, que se compone de imágenes, escenas, palabras, emociones, yo no sería el que soy. No me siento como un recuerdo ni como un montón de recuerdos sino como una persona, no como imágenes y escenas sino como una realidad viviente, como algo definitivamente concreto.

              En primer lugar, pues, yo soy mi historia, no mi memoria. Y, en segundo lugar, soy al menos una gran parte de lo vivido en esa historia. Soy estados, ideas, iniciativas, emociones, lugares, circunstancias, afectos, en fin, pero como una esencia de todo eso, de todo lo vivido o, más probablemente, de lo vivido más apremiadamente, bajo muchas penalidades y mucha adversidad. Todo de carne y hueso, de corrientes nerviosas y sistemas de neuronas en plena actividad.

              De todas maneras, esa esencia histórica no se expresa en lo que soy a plena cabalidad. Sólo a través de algunos modos, formas, palabras, gestos, acciones parciales, limitadas. Porque la esencia que soy nunca está cumplidamente acabada, nunca es efectivamente una esencia sino sólo una esencia en elaboración, un conato de esencia.

 

15

 

Al carecer de memoria, la piedra tiene su completo recorrido histórico en eso que es y que contemplo de una sola vez cuando paso a su lado. La veo de acuerdo con todos los estados que han contribuido para que sea esa piedra, la que ostensiblemente es, aunque los estados hayan cambiado de apariencia al transformarse. A pesar de los cambios, no ha dejado de ser piedra.

              ¿Y qué ocurre conmigo? ¿Ocurre algo demasiado diferente? La piedra respondería que lo que pasa conmigo no es nada diferente a lo que pasa con ella. Que no es el tiempo el que pasa, el que se lleva todo a otro mundo impalpable e invisible, y que el que pasa soy yo como pasa ella, y en mi paso llevo conmigo todo lo que soy, como se lleva ella.

              La historia está en cada estadio de vida, sea el que fuere, y la memoria sólo cumple con la función de recrear imágenes, palabras, situaciones, etcétera. Sólo hay un problema, y consiste en que esa historia, que determina cada acto de conciencia y cada hecho de conducta, no recrea imágenes como lo hace la memoria. Funciona de forma invisible e inopinada, como si fuera un reflejo más del sistema nervioso autónomo, como el de respirar o digerir.

              Quiere decir que el pensamiento y la conducta no responden sólo a un cuadro de facultades racionales o intuitivas, sino que, más bien, funcionan como un sistema alimentado por la historia personal. Cada palabra que pronunciamos, cada expresión del rostro, gesto, acto, están canalizados por obra de series de otras palabras y expresiones que se han formado, de otros gestos y actos que hemos puesto a prueba en ocasiones especiales.

              Ocasiones en las que aprendimos a llevar a buen fin nuestras acciones y reacciones, a coronarlas con resultados beneficiosos y halagüeños, se tratara de situaciones con grandes o pequeñas dificultades y en contextos cualesquiera. Fueron aquellas en las que logramos imponer cierto dominio sobre las cosas que enfrentábamos, y en las que terminaron consagrándose las que deseábamos, que aprovechamos en lo sucesivo como ampliación de nuestras posibilidades de pensamiento y acción y en todo aquello que necesitara garantizarnos un buen resultado.

              Por esa razón no creo que dispongamos de un don que nos reserve suficiente idoneidad para actuar en todos los casos, simples o complicados. Que sea la genética o el resultado de los aprendizajes lo que nos ayuda a resolver problemas de la vida. No creo en una clase de facultades extraordinarias que nos ha facilitado la divinidad o la biología genética.

              En mi caso, el peso de los hechos que he vivido me faculta para sostener, con un margen de error posible en este plano de frágiles opiniones, que he intentado medirme con los problemas de la vida en función de mis solas experiencias, en una serie discontinua y exclusiva de estados complejos y adversos. Y sólo en algunos he salido airoso, sólo en algunos.

              Me veo obligado a declarar que, si ha intervenido mi inteligencia, se trata de una inteligencia fortuita, forjada en el curso de atender necesidades y apremios: no por el cultivo ordenado y escalonado del pensamiento y de mis facultades. Que ha sido una verdadera lucha, un puro deambular entre síes y noes, caídas y recuperaciones, tenebrosas oscuridades y luces que han iluminado mi camino.

 


 

16

 

Es imposible vivir sin despegarse de los asuntos materiales al menos por unos minutos. Asombra observar la vida de algunos insectos que jamás abandonan su tarea cotidiana, terrestre o aérea, sea una mosca, una hormiga o una abeja. Llama la atención que se concentren en sus propósitos finales en una dedicación total y sin los preámbulos que requerirían los grandes emprendimientos que llevan a cabo.

              El individuo humano escapa frecuentemente de sus labores relacionadas con su vida práctica y necesidades primordiales. Algo le compele a la abstracción; se diría, a encerrarse en sí mismo y desatender la inmediatez de su existencia. Experimenta una desviación desde lo concreto y corporal de la actividad consciente hacia la indefinición e inmaterialidad de lo mental y espiritual.

              Vive mitad sobre la tierra y mitad por encima de ella, como flotando en el aire. Vive alternando entre el sí y el como si, quiero decir, entre la afirmación de la vida con los pies en la tierra y la suspensión de lo inmediato y concreto, el cierre de las percepciones que lo inundan y entorpecen. Vive como si fuera buscando una realidad más simple, más complaciente dentro de sí mismo, o más allá de él, por lo que se ve en la posibilidad de prescindir del movimiento y de la fuerza de su cerebro y de sus miembros.

              El individuo humano viaja permanentemente a las afueras de su conciencia, no como alienado o drogado. Se desentiende de las relaciones con el entorno al comprobar cómo colapsan, cómo se entreveran y enredan hasta obnubilarlo y superar el nivel en que ya no puede hacer nada para contenerlas en su desorden y desorientación.

              El hombre es un animal generalmente mareado y sin rumbo, desprovisto de conciencia connatural, que en él es mínima, a diferencia de la de otros animales que poseen un saber original. Tiene que construir su saber distintivo, por lo que se arroja fuera de sí mismo de diferentes maneras para encontrarlo, a veces para beneficiarse, y poner en orden las relaciones con el entorno, y otras que empeoran el estado de cosas inicial.

              Puede buscar el rompimiento total del juego de relaciones; puede combinar el asedio del entorno con la dispersión y el entretenimiento; o puede crear nuevas relaciones que neutralizan y apaciguan el caos de las viejas. Es decir, puede suicidarse, puede abandonarse al ocio y al malvivir, o puede reconstruirse, refundarse y reivindicarse.

              He podido experimentar todo lo que acabo de decir como individuo de la especie animal a la que me refiero. Como individuo que necesita, entre tantas otras cosas, escapar de su propio yo, cambiar el mundo al menos por un breve tiempo –aliviar la presión de la circunstancia–, soy testigo de ese movimiento que conduce hacia fuera de sí, pero, según creo, sin locura ni pérdida de los sentidos normales.

              He sentido el vacío existencial y, en consecuencia, he decidido llenarlo. Un vacío que sienten todas las personas, quizá, no sólo yo, con mucha o con poca conciencia. Ante el cual reaccionan a veces con violencia, a veces con completa inacción o, en su defecto, estupidez. Un vacío que se llena o no se llena, y de cuyo resultado depende la vida entera.

              Para mí, al menos, vivir ha consistido en llenar ese vacío, el que encontré ante mí desde mis primeras reflexiones y sentimientos. Colmar una ansiedad que se manifestaba como la reacción ante la visión de un gran pozo, de un abismo que se abría ante mí al dar cada paso.

              No voy a contar aquí mi vida; sólo quisiera decir que ese sentimiento puede ser el responsable del suicidio, de una vida miserable, y también de una trayectoria verdaderamente humana y realizada. Por lo que no se trata de pensar siempre en el azar, tampoco sólo en las condiciones sociales y económicas, sino, fundamentalmente, en las condiciones propias, las que nos imponemos a nosotros mismos.

              A este respecto, encuentro indecisión hasta en las piedras. A veces parecen trabajadoras y constantes, y a veces parecen pusilánimes, vacilantes, mudadizas. Algunas parecen eludir la acción de la naturaleza, de las olas marinas o del viento, para no desgastarse, para no volverse arena o polvo. Otras, ya casi preciosas, han terminado embellecidas con un lustre, colores, vetas y formas. Lo mismo encuentro en las plantas, especialmente en los árboles que reaccionan de diferentes maneras ante los vientos, temporales, ante las sequías y las inundaciones y el cambio de estación.

 

17

 

Habló el poeta de la dicha del árbol porque "es apenas sensitivo", y de "la piedra dura, porque esa ya no siente". Pero el árbol y la piedra ¿no sienten como nosotros? Don Rubén supuso que "no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente".

              Nos duele, eso quiso decir, que el mundo nos duele. Que cualquier agresión no sólo nos daña y puede matarnos, sino que además nos duele. Del dolor de la piedra no sabemos nada y apenas algo sobre el dolor del árbol. Pero sabemos que, como nosotros, si la piedra es dañada puede romperse, y que se agredimos al árbol puede enfermarse y morir.

              La diferencia que nos separa, quizá, es el dolor, nada más que el dolor, no la inteligencia ni la movilidad ni los sentimientos. No podemos descubrir sentimientos en la piedra, es verdad, pero si ella pudiera contemplarnos, como la contemplamos a ella, tampoco apreciaría nuestros sentimientos invisibles.

              El tema de sentir es en gran parte desconocido, y lo es porque lo asociamos al dolor corporal o espiritual, algo misterioso. No se capta por los receptores nerviosos de nadie que nos contemple o que contemple a la piedra. Sólo se capta por los propios. Pertenece al mundo estrictamente individual, aunque sepamos que pertenece a todos y aun a las demás especies que también sufren.

              Sabemos que los demás seres y aun las cosas sienten de alguna manera por cómo reaccionan ante ciertas acciones. Una piedra quizá siente si la estrellamos contra otra, porque se rompe. Igualmente, el aire, si lo contaminamos, el agua de beber o el mar. Como no percibimos que eso les duele, no hacemos nada para evitarlo.

              Conocemos que el planeta se resiente si lo maltratamos, pero no nos preocupa mucho. En este caso, sin embargo, el planeta reacciona de una manera por la que puede terminar doliéndonos a nosotros. Si no lo notamos, por ahora, lo notaremos después puesto que nos dolerá, nos enfermaremos y posiblemente moriremos.

              Si talamos todos los árboles, si dinamitamos todas las piedras, si contaminamos el agua y el aire, habremos de comprobar que, además de matar a todos los árboles y de destruir a todas las piedras, mataremos a todas las personas. Y también comprobaremos que los árboles no son apenas sensitivos, y que la piedra algo siente. Porque "sentir" es algo que se experimenta de maneras diversas.

              Atribuimos sentir a algo que existe, y el no sentir a algo que sólo es, que no posee una existencia determinada. Vemos la piedra como sólo ser, como algo que sólo es, y a las personas como lo que, además de ser, existen como algo. Así, el ser es la sola condición ante la nada, mientras que el existir es más, es ser bajo una condición determinada, numerable y nombrable.

              Ante esta clasificación ¿qué significa sentir, pues? ¿Acaso alcanza con el sentir para apreciar la diferencia entre ser y existir? Podemos comprobar cómo reaccionan las cosas si actuamos sobre ellas, y comprobar cómo reaccionan los seres si los afectamos o agredimos. Pero no sabemos cómo actuar sobre el ser a secas, que no tiene una condición determinada, algo que le permita existir. No sabemos bien qué significa sentir, esa es la verdad, y tampoco qué significa ser.

              Siempre me ha parecido que hay personas que sólo son, que no existen en un sentido particular y único, aunque estén vivas y parezcan iguales a todas las demás. Que un ser humano esté vivo, y viva de acuerdo con una normalidad aparente, no alcanza para que exista. Tiene que hacer algo, tiene que comparecer en el entorno con una pizca siquiera de dación y de transformación.

              Aunque no viva, la piedra me parece que es algo más que sólo un ser. Encuentro en ella una determinada particularidad, como si estuviera haciendo algo, sirviendo como parte de un hacha prehistórica o de una flecha o de una casa o como cimiento de un puente, o como una joya. Y en el árbol encuentro más cosas que en muchos seres humanos. No hay piedras humanas, pero hay seres más duros que la piedra, y no vale la pena contemplarlos cuando pasamos a su lado.

 

18

 

El mundo que nos rodea nos engaña mucho; parece muy real, muy firme y fijo, y como si dependiéramos de él, de sus altibajos, de sus tiempos de bonanza y de sus tempestades. Pero no dependemos de ese engaño, sino de lo que hagamos con el mundo. Parece ser más inmodificable de lo que es, inalterable y duro, pero responde a los cambios a los que podemos someterlo; más tarde comprobamos que es mudable y blando, claro, después de haber sufrido bastante.

              No sé si ocurre lo mismo a todos, pero a mí me costó mucho reconocer la verdadera situación en que estaba. Los cambios en mi evolución de vida han sido pocos, al principio. Quiero decir que resultaron lentos o prolongados en el tiempo. Esto se debió, quizá, a que me encontraba ante un verdadero vacío existencial.

              Algunas personas se salvan de esos largos períodos en que parece que todo se suspende, que no ocurre nada, especialmente en el paso de la niñez a la primera juventud; se salvan porque reciben alguna ayuda. Pero es posible que todos, unos más y otros menos, experimentemos la sensación de un vacío que se abre a nuestros pies y que no sabemos cómo evitar, saltar o rellenar con nuestro propio cuerpo inoperante y exhausto.

              Me pareció que el mundo que me recibía era el único que existía, una verdadera fatalidad inevitable, una cárcel de la que sólo un milagro podía salvarme. No sabía que hay muchos mundos para habitar, no en el cielo sino aquí en la tierra baldía. Comprendí que para lograr la libertad era necesario cambiar y, como no podía cambiar al mundo, decidí cambiar yo, hacer un esfuerzo y sobrevolar el mundo que me angustiaba.

              Ocurría esto: yo sólo era, no existía. Mientras tanto el mundo existía con sus cosas y sus seres, sus animales y sus humanos. De modo que había que empezar a existir. Esa fue mi experiencia: pero estimo que debe ser la de todos, más o menos, con alguna variante en materia de favores y de dificultades.

              Para empezar a existir es preciso entrar en contacto directo con el entorno de mundo que nos corresponde. No hablo de palpar la tierra y el aire, o de relacionarnos falsamente con las demás personas procurando que nos sientan y que reconozcan que existimos. El contacto existencial consiste en obrar en el entorno hasta volverlo favorable, en modificarlo de manera que pueda modificarnos él a nosotros.

              Por supuesto, el trabajo es el medio por el cual se produce esta mutua modificación e intercambio. El trabajo entendido en sentido amplio, en un puesto o empleo o emprendimiento cualquiera, y también en la esfera más íntima. Se trata del trabajo no cómo regla o como sistema implacable, sino como amigo que orienta en la vida. En general se considera el trabajo como el medio que nos permite ganar dinero, un salario u obtener ganancias suficientes para costearnos los gastos. Pero es algo más, algo no sólo relacionado con el dinero sino, fundamentalmente, con la formación personal, es decir, con el paso de ser a existir, de individuo a persona.

              Trabajo es cumplir con las tareas en el campo, en la oficina, en la obra en construcción, en el empleo, en la empresa, y es también poner empeño en cada detalle de la vida, en cada pequeño asunto a resolver. Es enfrentar pequeños y grandes problemas de manera que no queden para otros, o para que no se resuelvan nunca y entren a influir y a definir nuestra vida –porque influye en ella lo hecho tanto como lo no hecho.

              Hemos dicho que estamos compuestos de las mismas partículas del universo. Por lo que, con toda probabilidad, esas partículas se comportan como lo hacen en todas partes. Y, en lo que conocemos del universo, no observamos hechos ni procesos sin realizarse, postergados o abandonados. Observamos sólo lo que está realizándose.

              El polvo, las rocas, la radiación que pueda desprenderse de los grandes estallidos, de los choques galácticos, de la absorción de masas pequeñas por otras enormes, encuentran una siguiente manifestación, sea orbitando nuevos centros gravitacionales o fluyendo por el universo con algún destino. ¿Qué querría decir "abulia" en el universo infinito, qué "inactividad", "quietismo", "holgazanería"?

              Mis conocimientos geológicos son del todo limitados, pero estoy seguro de que la piedra está cumpliendo un cometido allí donde la encuentro cuando paso por el camino. Así como cumplen con alguna función todas las piedras del planeta, las rocas, los acantilados, las montañas y los picos. Tienen que estar cumpliendo con algo, seguramente primordial para el planeta, porque, de lo contrario, no estarían allí.

              De la misma manera, no estaríamos aquí si no fuera porque, sin saberlo a ciencia cierta, estamos cumpliendo alguna función. Puede ser una función importante o insignificante, no lo sabemos. Todo lo que existe mantiene una relación con el resto, y esa relación es relación de algo, una relación por la que se cumplen cometidos, se establecen hechos y complejos de hechos: unos se comen a los otros, algunos nacen y otros mueren, hay cosas que ocurren como efecto de otras, etcétera.

              Quien no sabe nada al respecto tiene que actuar igualmente, se ve obligado a hacer algo porque, si no lo hiciera, la estabilidad y la inacción del mundo lo aniquilaría. Este es el principio de la materia animada y quizá el de la inanimada. Todo tiene que estar haciendo algo para que el mundo y el universo sean eso que conocemos.

 

19

 

¿Qué es lo que se ha venido descubriendo? Que ya no es posible salir de nuestra casa y encontrarnos con lo mismo de siempre. No sólo porque la misma visión cambia de acuerdo con el estado de ánimo que nos embarga, y con lo que ha cambiado en nosotros mismos, sino también porque la cruda realidad no siempre responde a lo que los ojos están acostumbrados a ver.

              Una realidad que ya no es posible enmarcar, retratar según una imagen fija, sino como una sola probabilidad, como un principio de incertidumbre casero, callejero, cotidiano de un grado medio, escala meso cósmica (Bardier, 207).

              Me echo a andar por la calle sin la sospecha de que ha cambiado aquello que más me importa. Porque eso que más me importa no forma parte de los últimos acontecimientos destacados por las noticias. Emprendo mis labores del día creyendo que estoy al tanto de lo que más importa. Pero lo que llega a mí como más importante no logra alcanzar una relación con mi persona.

              A veces pienso que ya pasé por un mundo que nada tiene que ver conmigo. Que he entendido poco o nada de él, tal como se me presenta ahora; que ese mundo no me tiene en cuenta como uno más de sus habitantes. Nada ocurre que pueda importar en mi vida, aunque muchas cosas acaparan mi atención. Me parecen interesantes y algunas incluso apasionantes, pero ninguna que me involucre personalmente, ninguna que llegue a mi existencia, a mis deseos, intereses y aspiraciones.

              Y, sin embargo, permanezco sin saber que algo ha cambiado y que, precisamente, tiene que ver conmigo. Aunque, en general, nunca para favorecerme en algún aspecto personal, sino para exigirme un esfuerzo más que antes no era necesario, o para crearme un problema.

              Es preciso que entienda que en eso consiste la vida: en resolver problemas. Es verdad que me encuentro día a día con cantidad de problemas ya resueltos, que me permiten desplazarme, comer, abrigarme, entretenerme, etcétera. Pero siempre tengo que enfrentar problemas nuevos, desafíos, dificultades y misterios.

              Creo que nunca viviré en un mundo completamente resuelto en todos los sentidos, en sus obstáculos y contratiempos. Siempre estaré yo y todos construyendo ese mundo que creemos estar ahí esperándonos, para que lo habitemos y nos pronunciemos y actuemos en él.

              No nos damos cuenta, pero todos los días es eliminada alguna facilidad, algún beneficio, resortes con que contábamos, y aparecen otras facilidades, otros beneficios, otros recursos que nos permiten vivir.

              ¿Es una ley de la vida? No lo creo, sólo parece una constante, una confirmación que se interpone a veces, sólo las veces en que estamos por dar con el clavo, por acertar en el blanco, en conseguir por fin lo que buscamos, aquello que pueda alinearse con lo que queremos. Una simple relación con el mundo en el que se concentran todas las condiciones de la vida, toda la epistemología de nuestra historia.

              No en el mundo con sus condiciones de siempre, con sus rasgos conocidos, sino, claramente, las condiciones que nos permiten forjarnos una idea del mundo. No el mundo que es sino el que existe. Y en esto ¿hay alguna diferencia con la piedra?

 

20

 

Si todo fuera como parece a los ojos, yo no tendría estas inquietudes, el afán por averiguar qué hay más allá de mí, de todos y de todo. No habría más que vivir, que seguir sin demoras vanas ni desviaciones ineludibles. No tendría yo ni nadie que sentir preocupación ni dudar ni presentir nada.

              Si todo fuera como parece, entonces, no habría movimiento en el universo y no lo habría tampoco aquí, entre nosotros. Esto mismo que ahora estoy viendo me parece ilusión, cuadro, pintura, foto. En verdad, sé que está cambiando; no minuto a minuto sino de continuo, en pleno movimiento. No sé si con desplazamiento hacia algo, si con referencias que puedan demostrar aproximaciones o alejamientos. Pero, movimiento y cambio.

              No sé qué clase de movimiento y cambio, pero, si es movimiento y cambio no puede tratarse de nada que no signifique transformación de energía. Y si es transformación de energía es evolución, desarrollo, camino hacia lo nuevo, diverso y seguramente mejorado o modificado debido a algún bien.

              No tengo otro recurso que el que asocia el cambio a lo que parece éticamente superior. Conozco más lo ético del mundo que al mundo en su realidad concreta. Si se tratara de un camino hacia lo inferior, haría mucho tiempo que no existiríamos. Por cierto, no asocio lo ético a todos los cambios del mundo, pero no veo que los cambios en la naturaleza resulten para peor, aunque respondan a algún proceso que a la larga perjudique a la humanidad.

              Mientras no interfiramos con despropósitos o desviaciones innecesarias, el cambio que experimentamos tiene que estar dirigido hacia algo positivo. Debe "querer", como la mayoría de nosotros, ir hacia lo mejor en un proceso tal vez infinito, buscando la perfección y aunque jamás la encuentre.

              Kant llamaba santidad a esa perfección desconocida y nunca alcanzada. Una perfección, decía, "para la cual no está capacitado ningún ser racional del mundo sensible, en ningún momento de su existencia. Pues, mientras se la requiera como prácticamente necesaria, sólo se la podrá hallar en un proceso a lo infinito, hacia aquella conformación, y, según los principios de la razón pura práctica, es necesario admitir tal progreso práctico como el objeto real de nuestra voluntad" (Kant, 162).

              Kant asociaba este progreso con la posibilidad de un alma inmortal. Pero no se ve esa alma en el cambio de la naturaleza ni en nosotros. Entiendo el infinito sin la muerte de por medio, un infinito en todo, en la vida, en el tiempo y en el espacio. Es decir, el infinito según lo entiendo, no como lo creo o podría demostrar.

              No dejo de pensar en la piedra, no porque ella ya no sienta, sino porque no muere, porque no necesita de alma inmortal para tender a lo infinito. Sin alma, tiende hacia un infinito mucho más claro que el nuestro. Quizá hacia su santidad, sin que deje de parecerme una tendencia difícil de comprender, pero no imposible. Hay una especie de santidad en sólo aspirar a lo infinito, no para vivir eternamente, que no parece del todo deseable, sino para no cesar nunca de querer, de librar la lucha.

 

21

 

Lo santo, la cualidad que supera a la moral, a la razón y a la inteligencia, encuentra su mayor expresión en Dios, en la ciencia, en lo sublime y, lo que resume todo, en lo infinito. Pero lo infinito no necesita atributos, no los tiene y no los necesita para nada porque tiene todo. Este todo, pues, es lo que llamamos santo.

              Pero ¿cómo se manifiesta lo santo, a qué dominio del universo pertenece? ¿Está en el hombre? Cuando se entrevé de algún modo –indescriptible– es posible apreciar que tiende al infinito, como he dicho ya. Y lo que tiende al infinito, tiende a la integridad total, a lo absolutamente ejemplar, a la virtud consumada.

              No se ve con claridad la santidad en el comportamiento del hombre, en general. No es fácil indicar cómo se manifiesta la santidad, si a través de Dios, de la ciencia, de lo sublime o de lo infinito. Cuando me doy cuenta de que no sé nada al respecto, se me aparece claramente el drama, descubro que soy el personaje central de una tragedia infinita.

              Desconozco que puedo llegar a ser algo más de lo que soy, asunto relacionado con la santidad, aunque bastante de lejos. Pienso que no falta inteligencia al hombre ni sensibilidad, y que sólo le falta querer, afán, aspiración y esa chispa que no sé quién enciende ni cómo. Hay un límite humano más allá del cual se abre una expectativa y, enseguida, la sospecha de que hay algo más y la noción de infinito humano.

              Es un imponderable, una amplia posibilidad, la extensión de un último límite; la frontera entre lo concebible y lo inconcebible. En ese punto difícilmente alcanzable se puede sentir a Dios o a la santidad de la ciencia, mientras se intenta llevar todo a un lenguaje interior, nunca semejante al exterior o habla articulada.

              Ese punto abstracto, en realidad, es un estado psíquico, emocional y a la vez racional. No tiene nombre, pero si lo tuviera sería una de las acepciones del infinito, una correspondencia con lo sublime y lo santo. Si más allá de ese estado no es posible vislumbrar más estados, entonces nos damos cuenta de que no sabemos nada. Y esto significa que no hay atributos en lo que carece de límites, que es un principio, no una cualidad ni una característica; sólo un axioma como los de la matemática.

              Este principio obliga a desarrollar toda la imaginación, porque carece de racionalidad, como el principio según el cual 1 x 0 = 0. La imaginación no alcanza y es preciso aceptarlo sin más, aunque vulnere la inteligencia. ¿Por qué es igual a cero si hemos multiplicado, es decir, hemos sumado, aunque fuera una sola vez?     

              Se trata de una aporía, de una contradicción en un sentido o en otro. Si el principio consiste en que no hay límites, entonces el universo es una vastedad sin sentido, porque es el sentido lo que pone al alcance de la mano un último asidero a la comprensión. El universo existiría en algún sentido, o en todos o en ninguno, y sería una veleta sacudida por el viento, y el viento soplaría desde todos los puntos imaginables.

              Pero no es sentir de lo que se trata, después de todo. No es exactamente sentir lo infinito, sentir a Dios, sentir la infinitud de la ciencia o de lo sublime. "Sentir" es un vocablo demasiado ambiguo, vago, útil para todo y a veces para nada. Quisiera explicar a qué me refiero concretamente, pero he dicho "explicar", y no es eso exactamente lo que quiero, y menos aun lo que puedo.

              He dicho “me refiero” y con eso he descartado la palabra “explicar”, pues me parece una palabra inoportuna y confusa. Quisiera referir, solamente, no explicar. Sólo aludir, señalar como si fuera un gesto con el dedo índice. No busco que esto se entienda, porque es difícil o quizá imposible.

              Usamos las palabras para entendernos, pero esto sólo se cumple en la comunicación. Incluso en la comunicación las palabras deben dar paso a sugerencias, y son ellas las que pueden ayudarnos a mostrar, sin explicar nada. Las sugerencias y las connotaciones son como los armónicos en la música. Ofrecen una sonoridad más honda, por encima o por debajo de las notas naturales. Necesitamos, pues, llegar más allá de los significados habituales.

              Hablo de algo a medio camino entre lo fable y lo inefable, pero me niego a aceptarlo como misterio. Corresponde bordear los límites del lenguaje, expresarse en términos colgados del vacío, sin el piso que da el uso convencional. Conviene forzarlos y procurar convertirlos en señales mostrativas y deícticas, colmadas de sentidos extendidos. En definitiva, esos sentidos serán los que les dé quien los interprete, intente sobrepasarlos.

        La oración está colmada de esa clase de señales, no sólo de palabras. Emite una especial clase de luces, haces de sonidos o de letras que se dirigen hacia un lugar infinito, hacia un dominio que sólo es concebido por los interlocutores o por el intercambio entre escritor y lector. Esa es la forma de referir lo sublime, lo santo, Dios y lo infinito.

              Es lo que estoy dispuesto a incorporar en mis referencias, sin que nada de esto tenga que significar lo desconocido ni lo misterioso. Empiezo a captar algo familiar, porque aparecen referencias, puntos reconocibles que incluyen lo que quiero y busco, aunque todavía no sepa qué.

              Lo familiar es lo que cae bien, lo reconocible y se entiende. No lo irreconocible sino lo de siempre, lo que tiene nombre. Pero esto que ahora busco no lo tiene, y no hay peor búsqueda que la de lo que no tiene nombre. Se dan los términos consabidos, Dios, infinito, santo, pero no son más que signos, no más que fonaciones o gráficos que sirven como prólogos o puertas de entrada a algo que trasciende el sentir y el pensar.

              Los referentes pertenecen a un dominio intermedio entre el sentir y el pensar. Son más concretos que los significantes del lenguaje con sus significados. En ellos parece que el sentimiento y el pensamiento decidieran aunarse y sumar sus impulsos para generar una nueva clase de percepción o intelección.

              Dios es un referente, no un significado ni un signo. Al referirlo advierto que no prevalecen mis sentidos ni mis sentimientos, y que unos y otros oscilan entre lo que puedo razonar y lo que no puedo, entre lo que puedo imaginar y lo que, demasiado vago y abstracto, se debilita y desaparece.

              De esta contradicción surge un nuevo camino para recorrer por parte de la inteligencia, un nuevo plano, una categoría ya no palpable y tampoco impalpable: ¿una facultad?, ¿una capacidad o potestad nueva? No, porque no se puede definir sino sólo vivir. Es una tarea que se realiza sin aplicación alguna por parte de la voluntad; como si fuera instinto o mandato de los genes.

              Pero, si fuera instinto o mandato de los genes, se sabría, se habría encontrado ya el lazo biogenético, el gen correspondiente, codificante, regulador, o lo que fuere, así como se ha encontrado YP53, TNF, APOE, etcétera. El nuevo camino es dado sólo por algunas vivencias pertinentes, por algunos contactos cotidianos y consabidos que en general no captamos.

              Porque no estamos en tren de atender esa otra y tan sencilla esfera que nos atañe en todo lo que somos, en lo que hacemos y aún en lo que añoramos. La realidad arrolladora y aplastante de todos los días, perceptual y conceptual, nos embrolla y mantiene en una sola dimensión, a la cual nos abandonamos sin siquiera advertirlo. Porque somos lo que la mantiene activa y deslumbrante, la realidad única y exasperante, linda y fea.

              ¿Cuáles son los referentes que nos confirman la infinitud, la santidad de la ciencia, de lo sublime y de Dios? Conocemos los que residen en cualquier cosa, en un objeto, ser vivo, planta, célula o átomo. No porque lo santo esté en cada cosa como podría sostener el credo panteísta, sino porque cada cosa es un referente de lo santo, una correlación con lo santo, aunque no lo santo. Lo santo no puede quedar comprendido en cada punto del espacio, en cada instante de tiempo. Sabemos ya que ni el espacio ni el tiempo tienen para nada que ver con lo infinito.

              El agujero de la pared es un referente, una esquina de cualquier barrio, el entramado de la cortina que contemplamos al despertar, el follaje del bosque, el horizonte que se abre a los ojos, el mar y las nubes. También la escena que se reproduce en la memoria, la imagen que inunda la mente, el sentir interno que estremece o que induce a hacer algo, a besar al ser amado o a arrojarse al vacío desde el balcón.

 

22

 

Sólo hay que dejarse envolver por el objeto, por el agujero en la pared, por el horizonte, por las nubes o por la piedra. Procurar que las partículas elementales, que son las mismas, se entremezclen y formen un campo que nos contenga a todos, que nos permita establecer algo así como una conversación. Conoceríamos el infinito de su fuente original.

              La piedra es un germen de infinitud posible, un referente que se impone para corresponderse con lo eterno y quizá con lo santo. Lo es por su constitución, por su historia, por lo que le augura el futuro, lleno de probabilidades y de premonición. Y, sin embargo, porque no la vemos yendo hacia algún lado, nos desconcierta e impele a considerarla inanimada, insensible, diríase muerta. Pero ¿qué derecho tenemos a clasificarla de ese modo? ¿Qué o quién puede arrogarse el derecho a clasificar a un ser, exista o no exista?

              Guardamos una relación con ella, y esto nos sugiere que le prestemos atención. Las relaciones entre las cosas son las que definen las cosas. Si la piedra hablara no dudaría en decir lo mismo, especialmente si la levantáramos del suelo, la limpiáramos y colocáramos sobre una mesa para que la adorne. Diría que guarda una relación con nosotros, y que somos poco condescendientes con ella al usarla de adorno.

              Es más relación con nosotros que piedra, porque eso que es, lo que vemos, tocamos y hasta olemos de ella, es lo que llamamos piedra, no la piedra en sí. ¿Qué más sabemos de lo que llamamos piedra, del referente piedra? Poco y nada, sólo propiedades, atributos, color, tamaño, composición química, una cantidad de cosas que no son de la piedra sino nuestras.

              Hay una existencia que conocemos y que llamamos piedra: el referente del signo "piedra". Seguramente hay algo más en ella que desconocemos. Porque es difícil aceptar que sea sólo lo que se genera al entrar en relación con nosotros, al recibir una cantidad de cualidades y peculiaridades que son de nuestra invención.

              La realidad no es más que atribuciones, no más que palabras llenas de propiedades y adjetivaciones, particularidades que adjudicamos a la vida, al entorno, al mundo, al universo. Una red de relaciones que establecemos ente todo lo que encuentran los sentidos. No sabemos mucho de ella en su ser independiente de nosotros, o quizá nada.

              Es el referente de algo que supera lo que sabemos, algo que nos llega porque reacciona, evoluciona y se comporta ante nosotros. Sabemos cómo se muestra, cuánto es lo que se muestra, cuál su relación con el movimiento de los astros, y nada acerca de lo que es.

              Nos mantenemos como seres inteligentes, pero nuestra inteligencia se compone de todo lo que somos, hasta de nuestra piel –un vestido que quiso ser duro como el de la piedra y no pudo. Es muy posible que lo que somos no alcance para que podamos entrar en contacto con la realidad, con lo que es ella por su cuenta, la que se conecta con lo infinito o al menos con la que se proyecta hacia el infinito. No quiero ser negativo; mi intención es manejarme con recato al presentir los límites que me acechan y condenan.

             

23

 

Es más probable que seamos referentes del universo, que seamos una de sus infinitas manifestaciones. Quiero decir con esto, primero, que habría una gran manifestación de la realidad universal, un gran acontecimiento que llamamos universo; y que no tenemos dudas de que existe porque podemos percibirlo, aunque sea en un grado muy pequeño. Segundo, que ese universo tendría un significado grandioso, sólo conocido en parte por nosotros y que explicaría nuestras mayores dudas. Tercero, que la humanidad sería uno de sus infinitos referentes, aquello que sabemos con seguridad que está representado en el todo y que por su naturaleza se corresponde con el acontecimiento y con su significado, aunque no lo conozcamos.

              Esto quiere decir que hay algo de infinito en nosotros, porque pertenecemos al universo. Sería absurdo suponer que hay dos realidades: el universo, por un lado, y por otro la humanidad que habita el planeta Tierra. Aunque desconocemos sus límites últimos, suponemos que hay una sola realidad. Por otra parte, no sabemos si hubo un principio de todo, o muchos principios con muchos finales, o si siempre fue así como lo apreciamos comúnmente.

              También sería absurdo suponer que por un lado estuviéramos nosotros y lo infinito por otro. Esto supondría que Dios, lo sublime, lo eterno y santo estarían fuera de nuestro alcance, en un siempre al cual jamás tendríamos acceso. Un siempre pleno, completo y supremo que jamás se asociaría a nuestro siempre, y un siempre vacío, un siempre lleno de "nuncas" y "jamases".

              Una vez más me resulta difícil o imposible explicar algo, ahora el "siempre" de la piedra. Pero me llama poderosamente la atención que parezca tratarse de otro siempre, diferente a todos los que conozco, un siempre callado, invisible, ciego, pero rotundo, que envuelve a la piedra junto al aire, a la humedad y al polvo.

              La palabra "siempre" esconde un verdadero enigma tras los diversos usos que le damos. Con ella queremos significar algo que no tiene límites, como en "te lo agradeceré siempre". Pero los límites pueden no importar mucho en "siempre llegas de improviso". Otras veces están un poco más en la intención de quien habla, como en "no siempre me sorprendes". Y pasan al primer plano en el refrán "siempre que llovió, paró".

              Puede que haya otra acepción de "siempre" que nunca usamos, que no figura en nuestro léxico porque nunca necesitamos emplearla. Se trataría del "siempre" que asocia ante nuestra percepción lo real y concreto y lo irreal y abstracto. Lo que se puede tocar, medir, rasguear, levantar, arrojar, pero no descifrar en su aparente inmutabilidad, en su duración e inanidad.

              Me refiero al siempre que reúne una duración inclasificable, el siempre de la piedra. Un siempre que puede parecernos tan breve como perdurable, transitorio tanto como imperecedero. Porque en ella está lo duro y lo quebradizo, lo estable y lo inestable. Un golpe fuerte puede convertirla en grava o en polvo.

              Esa unión de solidez y fragilidad es una propiedad general de la naturaleza; a veces es contundente, a veces apenas apreciable. No es fácil encontrar esa unión de solidez y fragilidad en el ser humano, quizá imposible; somos duros o somos frágiles. Sin embargo, si nos fijamos bien descubriremos que en algunas personas hay un silencio que parece infinito, una dureza que seguramente es frágil por dentro. Una entereza que se manifiesta sólo por su impasibilidad y su introversión.

 

24

 

Sé muy poco sobre la piedra, pero observo que permanece en medio de la soledad, de la indiferencia de las personas. También la veo siempre al margen de la lluvia y el frío, indiferente al sol y al calor. Está del todo ensimismada; poco hay en el mundo que se relacione con ella; no encuentro a nadie ni nada que la incluya en un modo de ser que no sea el suyo.

              Salvo cuando la usan, cuando resulta útil. Pero en ese caso ya no es piedra, es pared, piso, escultura, parte de un anillo, muro, muelle, rompeolas. Puede ser muchas cosas, además de piedra sola al lado del camino. Pero sólo es lo que es cuando está sola, aislada, sin hacer las veces de otra cosa, sin formar parte de algo.

              Pero ¿qué me hace pensar? En que hay algo parecido, pero ¿dónde? ¿Entre las personas? ¿Quién es sólo cuando permanece aislado y al margen del camino, sin que sea otra cosa, sin que sirva para algo, sin convertirse en parte de un conjunto? Claramente soy yo, yo mismo, el que tiene otras maneras de ser que nada tienen que ver con conmigo.

              Obligan a la piedra a dejar de ser piedra, así como yo me veo obligado a ser lo que no soy, porque me lo pide la vida, la sociedad, la convivencia. Debo ir a tal lado, encontrarme con alguna persona, tengo que ir a comprar una cosa, a hacer una visita, conversar sobre cuestiones insignificantes, festejar o lamentar, condoler a un amigo, cumplir con obligaciones.

              Aun cuando permanezco aislado me ocurren algunas cosas que me hacen pensar en la piedra. Ella no se gasta solamente porque la usan. Se gasta también sólo por estar ahí, a la intemperie, bajo las inclemencias del clima, de la lluvia o de las olas. Y, mientras ella se gasta, yo envejezco.

 

25

 

No sé qué puede ocurrirle a esta piedra que contemplo ahora, y que muestra pequeños brillos de cuarzo, mica y carbonatos. Y un sinfín de formaciones no sé cómo originadas tratándose de un fragmento de algo más grande.

              ¿Siguió un itinerario fijado de antemano? ¿O su historia sirvió de juguete al gran capricho del azar? Si comparamos esta historia con la del hombre confirmamos sus muchas vicisitudes, variantes, cambios inesperados, direcciones a veces voluntarias y a veces involuntarias. ¿Son vicisitudes parecidas a las de la piedra? ¿Se puede hablar de vicisitudes de la piedra? ¿Responden a la misma serie de acontecimientos que rige al universo, si hay algo que lo rija?

              Si tomo como referencia la vida del hombre, con la que pueda hacerme una idea de la vida del universo, no puedo evitar que me embargue la noción de cierto indeterminismo, que me asalte la idea del azar antes de ninguna ley, regla o sistema. No encuentro potestades divinas que dirijan nuestras vidas, aunque sé que muchas personas las encuentran.

              Si, al revés, pretendo ayudarme a entender la vida humana acudiendo a la del universo, para confrontar la evolución y los posibles destinos, me pierdo en las teorías científicas y en las especulaciones filosóficas, y no encuentro ninguna imagen directriz, ninguna luz que me señale una constante, aunque sé que hay algunas constantes matemáticas que si apenas variaran el universo no sería lo que es.

              Está el número N que representa la fuerza dominante en el universo, la gravedad. El número ε (épsilon) que "mide la fuerza que une las partículas (protones y neutrones) que forman el núcleo atómico y que es 0,007. El número Ω (omega) que mide la densidad del universo y que es igual a 0,04. También el número λ (lambda) o constante cosmológica que propuso Einstein, aunque luego se descubrió la expansión del universo. El número Q es la relación entre la gravedad y la estructura de cúmulos y supercúmulos. Y, finalmente, d o número que representa las comunes tres dimensiones que, de acuerdo con la teoría de supercuerdas, podrían ser seis dimensiones o diez (Rees, 51, 76, 112, 144, 157 y 195 respectivamente).

              ¿Qué se puede hablar de indeterminismo después de estos datos? Algunos filósofos confían en un logos último, una razón de todo, por ejemplo, Dios, y así pensaba Santo Tomás, o algo superior a todo conocimiento humano, como pensaba Edmund Husserl (Stein, 107). Pero ¿se trataría de un logos o de inteligencia, es decir, de algo más amplio que la razón?

              Apostaría por un pensamiento propio del universo, por una constante como N o ε, como Ω o λ. Se trataría de los ojos inteligentes del universo, sin los cuales no existiría tal como lo conocemos. Si esos ojos son los de Dios, me parecería verdaderamente hermoso, pero quizá sólo pertenecen al universo como pertenecen las galaxias y las estrellas.

              Me parece que la humanidad es un referente del universo, no lo que completa o enriquece al todo por poseer inteligencia. Me parece una relación más, como la gravedad o la curvatura del espacio; una relación que confirma al universo, que lo compone en tanto inteligencia, no como cosa en sí. Tampoco la estrella tiene importancia para el universo en tanto estrella, sino en tanto guarda una relación con las demás estrellas, con su galaxia, en fin, con todo.

              Si nosotros dejáramos de comparecer en el planeta y en el universo, igualmente subsistiría la inteligencia, al menos el pensamiento. En alguna parte se registraría el poder de contemplar todo, de escudriñarlo, estudiarlo y hasta explicarlo. No concibo la energía, los fenómenos químicos y eléctricos, los ecosistemas sin átomos, pero tampoco sin células y neuronas.

              Ahora bien, la vida del hombre parece enderezar por ciertas direcciones que no pueden conocerse por medios experimentales. Se muestran las direcciones, pero no qué es aquello que las sigue. Son direcciones, solamente, si se las puede llamar así; por ejemplo, la historia de los pueblos y de las civilizaciones humanas. Nada nos dice acerca de qué fueron o de qué son: no lo sabemos; sólo tenemos descripciones. Esta misma civilización que vivimos ahora, no sabemos a dónde nos conduce, qué es y qué parte le toca en la evolución de la humanidad y del universo.

              Es tan nebulosa la suerte corrida por los pueblos milenarios, Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, como la que vamos viendo que corremos ahora en el mundo, una suerte incierta. Existe la fe firme, la esperanza más acendrada, la certeza de que no siempre triunfa el mal, etcétera. Pero es sólo confianza, modalidades de la seguridad que se manifiestan en el espíritu.

              Existe un modo de neutralizar la incertidumbre y la angustia que apareja la incertidumbre. Es la de concebirnos fuera del espaciotiempo, que tampoco sabemos qué es y que, por lo tanto, se puede dejar de lado. Fuera del espacio tiempo vivimos en franca comparecencia con lo esencial, con lo que nos permite vivir, con el mundo que no conocemos y que depara la más grande esperanza, lo que augura la fe y no puede darnos del todo.

              Debo este recurso a la intuición, no sólo a la razón, no sólo al sentido común, no sólo a la experiencia. Pero no lo debo a la intuición común y corriente, al pálpito, a la corazonada. Lo debo al hecho de volver conscientes mis relaciones con el entorno, pero en el sentido no físico, en el sentido funcional, en lo que me atañe como criatura necesitada de muchas cosas y del todo intencionada a procurarlas de la mejor manera. Lo debo a la fenomenología de la vida que rige mis deseos, mis intenciones y voliciones.

              Es el mundo que atiendo a diario; en verdad, no atiendo al mundo físico sino en una minúscula medida, porque es poco lo que puedo injerir en él. Me muevo en él, sí, lo solicito y él también me solicita a mí; pero todo en el sentido interior, el de mis vínculos con lo que necesito, en tanto relación esencial con el medio que habito.

              La piedra puede conectarse con el mundo físico de manera directa, quizá. Yo no. Mi conexión con el mundo físico es mecánica, casi automática, instintiva, gobernada por las costumbres. Mi conexión fenomenológica con el mundo, en cambio, es completamente voluntaria; quiero decir, mía, personal, una conexión hecha a mi gusto y a mi alcance.

              Eso se debe a que la conexión esencial es puesta en mí por el pensamiento, no por el hábito ni por las condiciones de la vida práctica ni por imposiciones de la economía ni de la sociedad. En cualquier condición ese nexo estuvo siempre, incluso en etapas de angustia, miseria, desolación.

 

26

 

Si preguntara a la piedra cuál es su origen, cuál su evolución, su destino, aunque hablara no sabría qué decirme. No tiene conexión esencial, intuitiva, interior, aunque posea alguna misteriosa capacidad de sentir. Como en otras oportunidades diría: –"No tienes más que averiguar en mí misma", etcétera.

              Si busco en ella, empero, si la golpeo contra algo y la dejo hecha pedazos, encuentro siempre lo mismo. Entonces, redirijo la pregunta hacia mí mismo. ¿Qué respondería yo? Que si me golpearan y convirtieran en pedazos se encontraría siempre lo mismo, las mismas células, neuronas y átomos.

              Estoy de acuerdo con Husserl en que tenemos una idea del todo incierta del mundo exterior. Por mi parte creo que lo que nos parece un mundo externo no es más que el mundo que se mira a sí mismo. Quiero decir, que no habitamos un mundo interior, que no somos ese yo o cabina de mando desde la cual nos conducimos. Creo que somos los ojos del que llamamos mundo exterior; que el mundo que percibimos es el mundo visto desde la perspectiva del único mundo que existe. Que somos los ojos del universo. Quizá, que el universo tuvo que mirar y aparecimos nosotros.

              Pero ¿tenía que mirar, lo necesitaba? ¿Faltaba algo al universo? No porque nosotros hubiéramos aparecido el universo miró hacia sí mismo por primera vez. Otros ojos, otro pensamiento pudieron haber mirado mucho antes. Pues, muy probablemente, para él no hay antes ni después.

              Mirarse a sí mismo quiere decir ser consciente de la propia existencia. Desde el punto de vista de la vida o de lo inánime, el universo no puede carecer de esta propiedad que para nosotros es exclusiva. Algunos cosmólogos opinan que la inteligencia no fue algo necesario en la evolución del universo (Rees, 36). En cualquier rincón del universo –aunque quizá no tenga ninguno dada su posible infinitud– es posible que la energía produzca inteligencia, la inteligencia conciencia y ésta autoconciencia.

              Pero, que el universo necesite algo es pura especulación. ¿Acaso necesita cometas, polvo cósmico, radiación? La necesidad para él es tan anodina como la contingencia. De modo que, según creo, los ojos que lo miran, los nuestros u otros ajenos, pudieron no haber existido, lo que no habría cambiado nada. Es de preguntar si al universo le falta algo, qué fenómeno, que objeto o proceso.

             

 

27

 

A nadie se le ocurriría ponerle ojos a la materia, a lo inanimado, por ejemplo a la piedra. Pero no están del todo claro los límites entre la vida que lo quiere todo y la sustancia inorgánica e inapetente. No conocemos a fondo la diferencia entre un mamífero y un equinodermo, y entre un equinodermo y una bacteria.

              La ciencia describe con idoneidad cada una de las particularidades de las reuniones de átomos y moléculas. Pero, llegado el momento de penetrar las entrañas nerviosas de los seres elementales, se paraliza. Salta el misterio de la vida como la piedra cuando un niño la arroja con fuerza a ras de un espejo de agua.

              No le pongo ojos a la materia, si se quiere usar esa palabra en algún caso utilitaria. Le pongo ojos a la maravilla de las transformaciones, metamorfosis, mutaciones, variaciones y transfiguraciones de la energía que mantiene al universo como lo vemos. Procuro que la energía mire, que contemple, esa energía que no sé si se consume o si, en un proceso de inconcebible solución, se renueva eternamente.

              Imagino unos ojos cósmicos, con alcance hasta todos los confines imaginables, escrutadores, ubicuos y omniscientes. Y deseo que, con la misma fuerza, penetren en lo más elemental y finito, como lo hará la mirada de Dios.

              Me gustaría que hubiese Dios y que pudiera creer en él. No pongo en duda que lo haya, sólo me cuesta creer a mí. No desdeño ninguna creencia religiosa cuando arraiga sinceramente en alguien; pero en mí no arraiga. Curiosamente, tengo fe; eso creo, una obstinada fe; pero no sé si la fe debe tener un destinatario, un fundamento que no sea la misma y sola fe.

              No sé tampoco si hay una definición convincente al respecto. De la consulta surge "confianza en la palabra revelada", y las demás versiones de esta definición respetan, unas más y otras menos, el acento religioso que cae siempre en el mismo lugar.

              Se podría decir que la palabra revelada viene de la boca del hombre, aunque la recoja de Dios. Y esta es una segunda mano que no me merece la atención que reservaría si viniera de la primera. Desearía contarme entre los destinatarios de la voz que habla claramente y en directo. Y no me parece correcto negar que esa voz pueda ser la de Dios. Sólo que no la he oído nunca.

              Eso no quiere decir que no tenga fe, una fe no revelada. Leo en las Escrituras las palabras que transmiten esa revelación, y me emocionan. Pero me parecen dictadas por la incertidumbre, por los trabajos, por las peripecias, la desolación y la angustia.

              Mi fe no es solemne, pesimista ni optimista, pero es fe, confianza, augurio, esperanza. No veo bien aspectado al hombre ni con mucha alegría de fondo; pero tengo fe. Que la palabra revelada venga de la boca del hombre tampoco es del todo cierto. Según creo, es una palabra de los milenios en que ha hablado el espíritu, no la boca. Puede figurar como expresión de una sola voluntad, de la de un profeta, por ejemplo. Pero resuena en todos los tiempos en que se ha buscado orientación, se ha intentado la resignación y el abrazo con el mundo.

              Es revelada porque se puso a lomos del tiempo y enfrentada a todas las calamidades. Fue la palabra que disolvió toda ciencia perecedera, la superstición y el mito. Más que revelada, es sagrada. Merece el respeto de los incrédulos como yo, aunque no la confianza ciega.

              Yo también creo ciegamente. Profeso una fe ciega, porque no sé de dónde sale ni qué es. Pero no me convence que se trate de algo sobrenatural, sobrehumano. Si Dios es natural, entonces estoy dispuesto a renunciar a mi incredulidad, a mi negación, a mi apostasía.

 

28

 

Quise decir que, si en el creyente Dios se presentara en forma natural, entonces sería otra cosa. Pero es una suposición absurda. Un Dios natural se parecería a las divinidades antiguas de las religiones de misterios. Para estas "religiones" hubo dioses en todas partes en lugar de revelación; en la lluvia, en la tierra, en el agua. Eran divinidades de carácter mágico, como los misterios de Eleusis, o filosófico, como el pitagorismo. El misterio, en la teología cristiana, ya es la verdad revelada, "incomprensible para la razón natural" (Ferrater Mora, 2418).

              Filósofos y teólogos debaten en torno a si Dios existe o no existe. Para quienes nos valemos de la "razón natural", la única que nos sirve para explicarnos los misterios del mundo y de la vida, al menos para tener de ellos una idea aproximada, no hay otro recurso, otra forma de responder preguntas.

              La palaba "natural", sin embargo, puede desviarnos, generarnos inquietud. Porque ¿qué es lo natural? Hoy día es algo bastante vago. La pregunta nace especialmente en el terreno de la moral, de lo que consideramos bueno o malo, siempre en relación con lo que conviene o no conviene a la naturaleza humana. ¿Cómo ubicarnos en lo natural cuando ya casi no se distingue de lo artificial, de lo que ha creado el hombre?

              ¿Qué diferencia hay entre un canal abierto por los ingenieros y un río o un arroyo? ¿Entre el robot que arma las piezas de un automóvil y un obrero mecánico? ¿Entre un novelista y un sujeto que escribe mediante la inteligencia artificial? Aparentemente no hay diferencia, pero surgen algunas dudas que no hay que pasar por alto.

                Es muy posible que se obtengan los mismos resultados, por ejemplo, que una buena novela pueda surgir de la IA. Es tanto el perfeccionamiento en los lenguajes artificiales, que nada extraña ya en materia de buenos resultados. Supongamos que llega el momento en que ya no es posible distinguir entre la calidad de una novela IA y de una novela natural. El crítico más perspicaz no puede reconocer si es de una autoría o de otra.

              Se puede suponer que los creadores de la IA han aplicado la razón natural para lograrlo, y que sin ella no habría nada parecido. Y que, por lo tanto, la novela IA sería una novela en definitiva natural, como la otra.

              También se podría apelar al crítico más sagaz, o al ojo avizor que pudiera encontrar diferencias entre las dos clases de novelas. Este caso se parecería al de encontrar diferencias entre una novela natural y otra apócrifa, y que esta novela apócrifa hubiera procurado imitar o sustituir a la auténtica.

              Con esto no llego a explicar lo natural ni tampoco la diferencia entre la IA y lo natural, lo sé. Pero, si se piensa en que la IA es una creación humana como cualquier otra, fundada en lo natural de la razón y de la inteligencia, entonces, y aunque no hubiera explicado la diferencia, la diferencia ha desaparecido. Puesto que todo lo artificial es creación humana, dejaría de ser pertinente la diferencia entre la IA y lo natural.

              Me hago otra pregunta, cargada de inquietud, de sentimientos, de moral, de valores, cosas de que carece un robot, aunque sea eficaz en muchas tareas. ¿En qué se diferencia una novela escrita por un humano y una novela escrita por un robot?

              Lo natural empieza así a asomar y a diferenciarse de lo artificial. No por su eficacia en la realización de tareas, sino por otra cosa. Si se puede escribir una novela como se realiza una tarea, entonces las diferencias entre las dos clases de novelas serían difícilmente reconocibles. Pero una novela no es sólo el resultado de realizar una tarea; por aquí aparece la diferencia.

              Cualquier humano puede escribir un cuento o una novela; la IA también. El problema es que no se trata sólo de escribir, de establecer una trama, organizarla en capítulos, etcétera. Se trata de mucho más, sea por ejemplo que no basta con esos elementos formales que responden a criterios convencionales, es decir, convenidos previamente, conservados por tradición.

              En realidad, no se sabe bien qué es lo que convierte un texto escrito en lo que llamamos con propiedad novela. En esto nos retrotraemos al problema de las percepciones, las formas en que recibimos estímulos desde fuera de nosotros para convertirse enseguida en pensamiento, sentimiento, reflexión, razón natural. ¿Cómo se explica el fenómeno por el cual el sistema nervioso convierte la química del cerebro en conciencia, en inteligencia?

              No habrá verdadera novela sin esos elementos que constituyen el fundamento del arte. No basta con lo que la IA maneja con maestría: sumas y restas, implicaciones cuantitativas o inferencias materiales, algoritmos, velocidad, automatismo. No necesitamos al crítico, que de todas maneras puede ayudarnos a entender la novela. Nos llegará lo que una novela siempre tiene para hacer llegar sin la ayuda de nadie. Nos conmoverá o no, convencerá o no, nos enseñará lo que deseamos que se nos enseñe o no.

              El sistema nervioso envía un mensaje al cerebro y el cerebro convierte el mensaje en inteligencia, dicho esquemáticamente. ¿Cuáles han sido las transacciones cuantitativas involucradas en esa operación asombrosa, las que en el robot se realizan al instante convirtiéndolo en una máquina superior a la humana?   ¿Y, por otra parte, qué debe la inteligencia humana a los algoritmos bioquímicos y eléctricos, a las transformaciones neurales, a las agrupaciones y sistemas de neuronas, etcétera, que marcan una diferencia no cuantitativa con el robot?

              Yo no sé nada definitivo al respecto, pero sé que hay, por una parte, transacciones computacionales y, por otra, transacciones no computacionales. Cómputos, por un lado, y por otro, funciones que transforman energía biológica en vida humana, en afectos, alegría o dolor, esperanzas, deseos y anhelos. Por lo que no me parece que la diferencia entre un robot y un humano consista en la capacidad de realizar tareas con mayor o menor efectividad.

              Aquellas divinidades de la antigüedad eran las que podían realizar muchas tareas que resultaban imprescindibles para la vida humana. En la imposibilidad de provocar la lluvia para las cosechas, o de evitar la enfermedad o la muerte, de adivinar el futuro, el hombre primitivo recurría a ellas, todopoderosas, que suponía acechantes bajo la forma de un animal o de una planta, y a las cuales se ofrecían rituales y ofrendas. Una novela IA no es más que una ofrenda, no más que un ritual prehistórico.

              Se podría decir que las divinidades de la antigüedad cumplían una función parecida a la que cumple hoy la inteligencia artificial. Que se trata de apelaciones al más allá de la inteligencia, al más allá del mundo y de la vida. Pero un más allá práctico, funcional, relacionado íntimamente con las necesidades humanas.

              Es el más allá de la inteligencia artificial y de la computación en general. Se me ocurre un más allá parecido al de las comunidades prehistóricas, un más allá por el cual el hombre siempre puja por alcanzar lo imposible, por atraer a sus manos lo que escapa de ellas, por querer convertirse en un ser maravilloso, en una divinidad.

              Esto es lo que quizá llevó a que se buscara fuera de la naturaleza, independiente de todo símbolo ritual como un ave o una estrella. Que se interpusiera ante lo natural lo sobrenatural, lo que carecía ya de ataduras con el mundo. Esto es lo que quizá llevó a la revelación, a un dominio no sólo superior al hombre sino superior a la creación, es decir, lo que llevó a Dios.

             


 

29

 

Hay un infinito del cual pocos hablan: el infinito de los desaciertos, de los fracasos, de las desilusiones, de los esfuerzos vanos. No se habla de esto porque a nadie le gusta reconocerse como experto en la materia; y, para hablar de esto hay que estar al tanto de manera muy compenetrada. ¡Cuántos podrían escribir un tratado sobre el tema inspirado en la experiencia propia!

              El esquema básico de este infinito es el siguiente: se hace algo y a los minutos cósmicos está deshecho. Se tiene una idea y a los minutos cósmicos se descubre que ya se tuvo o que es vana o intrascendente. Se mueve una montaña y a los minutos cósmicos se reconoce que se movió en sentido equivocado.

              El núcleo del esquema es el minuto cósmico. Es un proceso de cambios no atribuible a la persona, que parece pertenecer al universo, a una de sus fuerzas negativas. No a una fuerza como la gravitación o la interacción débil, sino a una propensión, a una tendencia de las cosas. Y no hay como el ser humano para albergar en su espíritu la conciencia de esa propensión, de esa especie de creencia de la cual no puede liberarse fácilmente.

               Es cósmica porque es infinita. Se comprueba una y mil veces y se sufre por espacio de toda la vida. Parecería que se prolonga más allá de la muerte, pues la muerte suele funcionar como el fracaso de la vida. Tal vez no es tan así, pero parece ser así cuando se ve morir a alguien. Se confirma que el cuerpo se niega a dejar de ser, el corazón a dejar de latir, los pulmones a dejar de respirar.

              ¿Se trata una fuerza infernal, del Diablo, del espíritu del mal? No parece ser algo como eso, fantasía literaria o cinematográfica; no es nada misterioso. Es algo completamente claro y visible que se comprueba con la más alta frecuencia y que caracteriza la vida cotidiana.

              Digo que es un infinito porque no parece tener límites en la experiencia de cualquier individuo. Eso me parece a mí, aunque quizá no les parezca a todos. Lo veo como una constante universal, como una condición que se cumple en todo lo que hago y pienso. De cuanto hago y pienso se sigue una fulminante deflación, una desintegración de lo que al principio me pareció importante o significativo.

              Este infinito no es orgánico, no pertenece a la vida; es inorgánico, material, objetivo, aunque se crea que resulta de las impresiones subjetivas. Porque nadie destruye lo que suele hacer a diario. En general, las tareas diarias se hacen en solitario, aunque estemos rodeados de personas. Se destruye por obra de los minutos cósmicos.

              El minuto cósmico no necesita tiempo ni fuerzas externas, intervención humana o de la naturaleza. Es condición de la existencia, como los átomos. Viene montado en ellos como si fuera otra partícula elemental. ¿Pertenece a la materia o energía oscura?

              Le llamo minuto porque, al menos en mi caso, se manifiesta enseguida, no da tiempo a gozar de un acierto, de una tarea bien hecha, de un logro cualquiera. Lo que sea, en minutos empieza a mostrarse en sus imperfecciones, en sus debilidades, como algo inconcluso o incompleto. Desde que empieza a ser algo, ya muestra alguna fragilidad, alguna falsedad, alguna incorrección.

              Estas negatividades no se notan, porque son pequeñas o porque al principio no influyen en el contexto. Pero indefectiblemente llegan a prevalecer y a terminar con todo. Me animaría a decir que la obra que parece más sólida queda sujeta a la fatalidad de los minutos cósmicos; una gran represa, una teoría física o matemática, un medicamento que parece salvar vidas.

              Todo tiene minutos cósmicos acechando, imponderables y fatales. Todo tiene contingencia escondida, rajaduras internas, inconsistencias invisibles, insuficiencia e inestabilidad. El minuto cósmico es lo que no necesita demasiada adversidad para romper con todo y hacerlo añicos.

              Ni la piedra se salva; ella no parece disminuir ni gastarse a la vista. Para el universo, sin embargo, para el tiempo infinito, es víctima de un deterioro aceleradísimo. No es perceptible para nosotros, pero para el cosmos es un minuto o un segundo.

 

 

 

30

 

¿Qué es una vida humana para el universo? El tiempo de una vida humana ¿significa algo para el tiempo del universo? Las dos preguntas podrían unirse en esta otra: ¿qué es el tiempo para el universo? Una muy pequeña muestra del tiempo del universo la encuentro en la piedra. No parece transcurrir nada que no sea ella misma cuando la contemplo.

              Sólo parecer transcurrir lo que se mueve, comprenderse en el paso del tiempo lo que tiene movimiento. Las nubes, las hojas de los árboles movidas por el viento, las personas que caminan o que hacen gestos, los vehículos, la luz del Sol y las sombras que provoca y que se desplazan en unos minutos. Lo que se mueve parece estar sometido al tiempo.

              Se puede decir que ocurre algo y después ocurre otra cosa. Que hay un antes y un después en cada movimiento. Que hay un tiempo para cada observación, para cada mirada. También, que si dejamos de mirar deja de pasar el tiempo al menos en donde posábamos los ojos.

              Nos parece que las estrellas se mueven, que recorren ciertos caminos del cielo. La Luna, levantándose sobre el horizonte majestuosamente, deja al descubierto el paso de un tiempo diferente: solemne, extraterrenal, con un movimiento que sin esfuerzo vence todas las fuerzas contrarias. Una agilidad o levitación que parece superar al tiempo y agrandar el espacio, rompiendo la oscuridad, poniéndole bordes e imprimiendo abismos circulares en sus contornos.

              El movimiento de los cuerpos celestes parece achicar la infinitud del espacio, concentrar en un solo punto la inmensa profundidad del universo visible, confirmar lo sucesivo y catenular de la temporalidad. La piedra, tan pequeña, inundada por la quietud, librada a la suerte del entorno, sin momentos, horas ni días, siquiera dotada de una imperceptible vibración, enfrenta valientemente todo lo que se mueve.

              Está sola, pero a su alrededor giran profusamente, como criaturas en un cuadro de Chagall, ingrávidas, serpenteantes y deambulatorias, todas las demás cosas y seres: polvo y polen, microbios, insectos, hojas secas, hongos, larvas, pasto, broza, maleza y personas como yo. Es el centro de la inmovilidad del mundo, aunque nadie lo sepa.

              Se diría que está sola y a la vez acompañada, como el gato de Schrödinger, vivo y muerto a la vez. Y que el universo, aunque parece estar solo, como la piedra, está acompañado por todo lo que gira alocadamente respecto a un centro total que abarca todo lo que existe.

              O se diría que todo lo que gira y deambula parece un universo, lo que hay, que se puede decir que es y que existe según las formas que apenas vemos desde aquí. Porque lo que hay y parece un universo es algo sólo para nosotros, y quizá para ninguna otra inteligencia que ande por ahí.

              De acuerdo con esto, ¿la piedra no es una piedra sino algo que existe y ronda por los rincones de la existencia? Nos parece un objeto, algo que hay y vemos como una piedra, pero quizá no es el centro de nada, que sólo me parece a mí el centro de la inmovilidad del mundo.

              El universo puede estar quieto como una piedra, puede que sólo se mueva por dentro. Los electrones de los átomos de la piedra, pienso yo, al menos tienen que moverse. Así también los del universo. Pero es difícil suponer que se trata de otro espejismo, como el que nos hizo creer que éramos el centro del universo.

              ¿Qué nos hace suponer que hay un universo, una unidad de la diversidad total? Tenemos la inveterada tendencia a crear cosas y a meter otras cosas en ellas. Que siempre hay cosas más grandes y vacías, con espacio para que quepan otras, y que hay más pequeñas. Necesitamos una cosa última que contenga a todas las demás.

              Y no es fácil pensar en meter cosas dentro de una piedra, como se puede en una caña o en la tierra o en el agua. Por eso encuentro algo misterioso en la piedra. Encuentro misterio en la piedra, y creo que es porque su interior está colmado también de piedra. La vemos piedra por fuera, pero es toda piedra.

              No tiene interior ni exterior, como tiene el tronco de un árbol, o el bosque, o el mar, o una cueva, o tiene un animal o una persona. El afuera y el adentro no son más que nociones que nos figuramos.

              Una vez más conviene ir al infinito para entender claramente esto. El afuera y el adentro de las grandes formaciones cósmicas no son más que figuras que nos representamos debido a que median enormes distancias entre ellas. Pero ¿cuál es el afuera y el adentro de una galaxia, de un cúmulo o de un supercúmulo? ¿Cuál el límite que separa el afuera y el adentro?

              "Supongamos que nuestra estrella, el Sol, tuviera el tamaño de una naranja. La Tierra sería entonces una partícula milimétrica que giraría en torno a ella a veinte metros de distancia. En esa misma escala, las estrellas más cercanas estarías situadas a diez mil kilómetros de distancia. Este ejemplo nos permite hacernos idea de lo dispersa que está la materia en una galaxia como la nuestra. Pero aun así, las galaxias son altas concentraciones de estrellas. Si todas las estrellas de todas las galaxias estuvieran dispersas de manera más o menos uniforme a lo largo y ancho del espacio intergaláctico, cada estrella estaría de su vecina más próxima a una distancia varios cientos de veces mayor de lo que está en el interior de una galaxia normal, o lo que es lo mismo, cada naranja estaría a millones de kilómetros de sus vecinas más próximas" (Rees, 111).

              ¡Qué vamos a distinguir entre lo de adentro y lo de afuera! Hay concentraciones de materia, pero están separadas por espacios enormes, por distancias que un móvil que viajara a la velocidad de la luz tardaría miles o cientos de miles de años en recorrer.

              Frente a estas realidades, parecería que somos nosotros el mundo microscópico, que fuéramos apenas células o átomos o entidades inobservables, partículas elementales sin nada interno, sin estructura ni componentes ni nada más pequeño. Que fuéramos poco más que nada.

 

31

 

Esa casi inanidad que somos, en comparación con el universo, de todas maneras, significa una contundente sustancia de sin igual significación, plena y radicalmente real. Pero, para nosotros.

              Las cosas y los seres con que nos comparamos demuestran por sí solos esa evidencia: pero somos nosotros quienes comparamos. Si la piedra pudiera comparar ¿a qué conclusión llegaría? ¿Significa algo para ella respirar, doler, pensar, moverse? Lo superior para ella es poder prescindir de todo eso y todavía existir o, al menos, ser. Lo sencillo es lo superior, lo mejor preparado para formar parte del mundo, también en nosotros es superior lo sencillo.

              Entre lo que hay está lo más fuerte, más grande, hábil, veloz, valiente, animoso, y también lo más insensible. Pero lo más insensible no es la piedra; es el hombre. El hombre es insensible al compararse con los demás seres y juzgarse superior. La piedra, en cambio, no comete ningún acto de arrogancia; al mostrarse ante nosotros no emite ninguna señal de superioridad. Tampoco anda diciendo por ahí que es el más inteligente de los seres o que pertenece a una especie superior.

              Mientras seamos nosotros los que clasifican, todo lo que digamos estará viciado de nulidad. Somos seres relativos a nosotros mismos desde que tenemos cerebro desarrollado. ¿Qué se puede esperar de un cerebro que es conscientemente nuestro? Sólo puede tomarse a sí mismo como referencia de todo, como punto de comparación con todo.

              Tiene que hacer cosas, no como la piedra; moverse, funcionar, modificar el entorno. Sin embargo, el cerebro se parece a los seres que aparentemente no se mueven ni hacen cosas, como la piedra.

              La música inmoviliza al hombre, y no sé exactamente que le ocurre al cerebro al escucharla. El sentir del cerebro al escuchar música es más fuerte, más grande, más hábil, más veloz, más valiente, más animoso, aunque permanezca sentado y se le cierren los ojos.

              Propio de ese estado es la alegría, la tristeza, que asomen algunas imágenes por dentro, ideas, reminiscencias, melancolías o entusiasmos. Es lo propio de quien escucha música de verdad. Pero hay algo más, y es lo que se vincula con la piedra.

              Se dice que la música es el arte de combinar sonidos y silencios, y que los sonidos y silencios se disponen en el tiempo. Pero, si la música fuera eso, cualquier serie de sonidos o de ruidos sería música. Y no es así, como todos sabemos. Los entendidos, entonces, agregan conceptos que acomodan y completan esa definición preliminar y elemental.

              Alguien comparó la música con la arquitectura, y las relacionó con el aire. "Ambas dan forma a ese aire, tienen especial relación con el aire" (Trías, 1991, 55). Se relacionan ambas por el ritmo, la melodía que se desplaza horizontalmente, la armonía que sube y baja entorno a la melodía. También por arquitrabes y columnas que en la música ritman mediante el contrapunto.

              Como en Gustav Mahler, la música alcanza el contacto con lo infinito. Se puede comprobar en sus grandes vacilaciones, en sus largos y a veces estruendosos oleajes que rompen en sencillos temas populares. Y en los adagios circulares que parecen orbitar estrellas y galaxias.

              Es una música que tiende al infinito en sus modulaciones, en sus tonalidades sombrías, a veces en torrentes que golpean el pecho como "mazazos", demasiado fragorosos e hirientes, como quizá hiere el infinito. O cuando la música nos acaricia, cuando un "infinito lamento de violines se eleva hacia altitudes hiperbólicas" (Trías, 2018, 121). Me gusta esa palabra, al hablar de Mahler, infinito, aunque no se encuentra en cualquier música. Nos traslada, sí, pero no a otro mundo; nos mueve por este mismo mundo en que vivimos, un mundo como el de siempre, pero sin límites. No exactamente hiperbólico, idílico, sobrenatural, sino terrenal, es decir, verdadero, entrañable. Aunque no el mundo del espacio y el tiempo, sino el mundo que construimos en la vida, el personal, el ideado por nosotros. No el que habitamos, sino el que somos, el que ofrecemos al mundo real para que se muestre como necesitamos.

              Sin palabras, la música dibuja figuras, pinta colores y modela volúmenes. Transporta el espíritu al mundo que verdaderamente nos corresponde. No reconstruye nada que no sea a nosotros mismos en nuestra mismísima esencia, en la médula, en el espinazo de cada historia personal.

 

32

 

Dije al principio que Dios es una idea y, todavía, que es más que una idea; una idea que quiere ser mayor de lo que es. Es la idea en la que anidamos el mayor deseo que tenemos, el deseo de correr el velo de ignorancia, el afán de saber más de lo que sabemos. Porque, aunque sabemos, ignoramos que sabemos. Así, pues, Dios es quien corre ese velo, quien nos permite develar el misterio que nos inquieta.

              Saber si esa idea viene de nosotros o si es puesta en nosotros por el mismo Dios, es algo para mí sin solución, sin una respuesta que me convenza, aunque sé que para muchos viene de Dios.

              Creo que es la idea más importante de todas las que ha tenido el hombre. Al ser tan importante, sería de esperar que la consideráramos venida de fuera de nosotros. Una idea grande tiene que venir de algo grande, mayor que nosotros.

              Dejando por un momento aparte esta interrogación, sea una idea provocada por Dios o por nosotros, me pregunto en qué cambia. En qué cambia para nosotros, en un caso o en el otro, cuál es la diferencia, en qué se distinguen las dos clases de convicciones, la índole de ambas creencias. Quisiera saber si esos dos posibles orígenes de la idea, el divino y el humano, son los que vuelven completamente diferente el contenido, la fuerza, la convicción, la esperanza, la fe, la conversión, lo que sea.

              Cuando se cree que la idea viene de Dios, requiere culto, devoción, oraciones, liturgia, ceremonias. Posee referencias históricas milenarias, se le rinden oficios, devocionarios, misales, cantos, música maravillosa; y se dispone nada menos que de las Sagradas Escrituras.

              Hay instituciones que representan la idea, a veces con sencillez a veces con aparatosidad. Se ha consolidado una casa de Dios en la que se rinde culto a una idea que ya no es más la idea primitiva; es algo más, supuestamente más grande que la idea que habíamos sentido o presentido personalmente.

              Esa idea se proyecta más allá de la subjetividad, escapa furtivamente de nosotros para compartirse y generalizarse. La idea que al principio quiso ser más grande adquiere entonces una grandeza que jamás habríamos podido otorgarle en soledad. Se convierte en una idea religiosa. Una idea ya no aislada, como cualquier idea que podamos tener, que cada uno pueda hacerse de asuntos complejos, el fondo del océano, el planeta Saturno, la literatura de la Edad Media, el cálculo integral.

              Una idea que hemos concebido como la más grande, es decir, más importante, trascendente para cada uno y para todos, fundamental para la vida, los sentimientos, la inteligencia, el futuro, se reviste de una serie de connotaciones, complementos, supuestos, conjeturas, significados, sobrentendidos, verdades eternas y profecías.

              La idea que quería ser más grande, la mayor, la más importante para nosotros en todos los sentidos, porque sentíamos la necesidad de una importancia exclusiva, única, personal y nuestra que, por nuestras inquietudes, movidos por afanes que creíamos superiores de conocimiento, moral, espiritualidad, valoraciones, ahora es nuestra sólo en parte.

              Ya no puedo decir que Dios es una idea, aunque se trate de la más grande. Porque ahora hay algo fijo en ella que se ha agregado, algo sentido mucho antes de nosotros. Algo infinitamente razonado y experimentado, convertido en historia. No en historia humana sino en historia de Dios, desde el principio de los principios, en teogonías, credos, religiones, doctrinas, teologías, cristologías, epifanías.

              Lo sencillo me viene una vez más a la cabeza. Lo sencillo para mí es lo superior, repito, lo mejor preparado para formar parte del mundo. Para nosotros es superior lo sencillo, y acaso para Dios. No hay por qué atribuirle complejidad. Si responde a la idea más grande, tiene que ser sencilla, la más sencilla de todas, aunque grandiosa, imponente, soberbia, porque contiene la mayor inquietud, la más amplia y honda interrogación.

              ¿Esa idea es Dios? Si es Dios, ¿es la idea sencilla o la compleja? Y, si es la sencilla, ¿de dónde viene? ¿Cuál es su origen? Una y otra vez me repito, sólo para mis adentros, que no lo sé, que nunca lo supe. Quizá no importe de dónde viene, pero creer depende de dónde viene; me parece que es decisivo.

              Creer en Dios, sin embargo, no es creer en una idea, aunque sea la más grande. Dios es algo más que una idea para quien cree, más que eso que los humanos llamamos idea. Incluso, es más que un sentimiento, que un valor, algo más que un bien, más que lo bello y más que la misma verdad.

              En cualquiera de los casos, creo yo, esa idea o ese Dios es lo que tenemos como más cercano a lo infinito, lo que podemos intuir como eterno, sublime, sagrado, santo. Si el universo es inconmensurable, se parece a Dios. No exactamente el universo, sino la inusitada condición de no tener límites.


 

33

 

Lo que llamamos piedra no tiene límites, y ellos aparecen sólo cuando hablamos de la piedra, es decir, de una piedra determinada, que tiene bordes, forma, peso, aspecto. Esta es una piedra, pero también son piedras las demás piedras, y todas las del planeta y las que pueda haber en el universo.

              Quiere decir que hay una escala de grados. A medida que pensemos en más piedras, la piedra adquiere generalidad y los límites comienzan a borrarse y a anunciar el infinito. La piedra no es lo mismo que piedra. De alguna manera, la piedra está en relación gradual e ilimitada con el infinito, si no en conexión.

              Esta es la enorme, grande y relevante relación que se puede encontrar en este mundo. Hay una relación con el universo que establecemos nosotros, y probablemente con el infinito. Y hay una conexión dada, total, que es el universo, la conexión de todo con todo, con nosotros y todo lo demás. Algo que se establece por aquí y por allá, en esta pequeña y celeste piedra y principalmente en el espacio profundo.

              No todos prestamos atención a semejante y extraordinaria evidencia. Pocas personas están dispuestas a interrumpir sus tareas para contemplar y meditar esta relación impresionante. El quehacer diario y la presión de las circunstancias nos distraen y enajenan. En general, prescindimos del universo, y para nosotros el infinito es sólo un dato que nos llega de vez en cuando por la divulgación científica o la filosofía.

              Sin embargo, imaginamos el infinito a diario, por ejemplo, cuando el paso de las horas nos parece sin término, las veces que vemos lo larga que es la cola en el supermercado, cuando pensamos en el dinero que se necesita para poder vivir, o cuando tropezamos mil veces con la misma piedra. Hay una frecuente conexión con el infinito en nuestra mente.

              Poseemos la idea de lo que nunca se acaba tan arraigada y activa como la de que todo se gasta, pierde efectividad y se termina. También poseemos la idea de futuro, de que habrá un mañana y un pasado mañana, y que será siempre, que habrá tiempo para todo. Nuestra idea de la vida es ilimitada, sin término, sin fecha final.

              En la idealidad de nuestra imaginación vivimos una vida infinita. El tiempo es infinito, por consiguiente, también lo es la vida. Pasa el tiempo de manera interminable, así pues, también nosotros. Vamos montados en el tiempo, condición que nos garantiza lo interminable, puesto que no le conocemos final.

              El espejo nos muestra que experimentamos cambios en nuestro aspecto, más que en la piedra. Esos cambios, sin embargo, se van asimilando de manera tal que igualmente nos reconocemos sin pensar en ellos seriamente al menos durante toda la mitad de la vida.

              Medimos los cambios con la vara del almanaque, que nos hablan de los años transcurridos. Ellos nos informan más y mejor que el espejo, que parece envejecer en paralelo con nosotros. Pero los años no nos vencen; sigue la vida pareciéndonos interminable o, al menos, sin un final prestablecido. El final no importa, esa es nuestra filosofía.

              Captamos con la memoria todos los trabajos que hemos hecho, nos lo traen al presente los recuerdos, evocaciones, alusiones relampagueantes en la imaginación, resonancias retrospectivas. Nos viene a la mente lo que hicimos en tal etapa de la vida o en tal otra, en determinados años y en los lugares en donde vivimos.

              Pero hicimos otro trabajo que no podemos recordar en cualquier momento, apenas apreciar. Algo que pertenece a la historia personal, pero diferente, perdido en la memoria, pero conservado intacto en la inteligencia. Una historia sin tiempos ni lugares que nos acompaña en todo momento. La historia de nuestra experiencia, la que nos hizo como somos, infinitamente fecunda, infinitamente laboriosa.

 

34

 

Si pudiera hablar, la piedra me pediría que no piense más en ella. Soy una piedra, le oiría decir, y por tanto no acostumbro a hablar y menos aún a oír lo que dicen de mí las personas. Lo que me atribuyes es lo que ninguna piedra amiga me atribuiría, para mi felicidad. El pensamiento y las palabras no me caen bien, y prefiero lo que realmente me caracteriza: el silencio. Así que ¿por qué no te callas?

              He visto lo que tú jamás viste ni podrás llegar a ver, ni quienes vengan después de ti: bacterias, anfibios, insectos, reptiles, dinosaurios, mamíferos, pájaros, plantas y flores; he visto neandertales, homo sapiens, criaturas como tú que vivían en cavernas, hordas que se mantenían de la caza y de la pesca. ¿Qué puedo hacer por ti que no sea mostrarme como una piedra cualquiera?

              Vivo pendiente de lo que corresponde a una piedra. Estoy aquí, asentada sobre la greda, ensimismada en ser piedra, alucinada por el aire y el Sol, por la lluvia y el viento; estoy empecinada en ser piedra, acaso demasiado, como si el tiempo no transcurriera para mí, como si tuviera que seguir estando infinitamente como estoy ahora.

              Para mí de nada vale distinguir el pasado del futuro ni reconocer que éste es el presente. Quizá estoy algo enajenada, aunque para mí es lo mismo que estar lúcida. No cuentan los años, de tantos que me pesan, y cien son para mí lo mismo que un minuto. Pero, reconozco que me gasto, que empequeñezco, que pierdo algunas de mis aristas más filosas.

              ¿Qué es para mí el infinito? Yo misma soy el infinito, la sola plenitud, lo imperecedero, lo ubicuo y eterno, esa misma piedra de la cual se dijo que ya no siente. No necesito sentir, como tú, pues, si sintiera no sería lo que soy, tendría que ser algo parecido a lo que eres tú, lo que no me agrada demasiado, una persona.

              Dispongo de la libertad de ser una cosa, una cosa cualquiera. No hay nada como ser piedra para que a una la comparen con todo lo demás, algo que apenas está ahí por voluntad de no se sabe quién. ¿Te das cuenta? Pero soy libre, porque soy cualquier cosa, un canto rodado, una roca, un peñasco, un declive acantilado, un pico. En cambio, tú tienes que ser persona, lo que lleva más trabajo, preocupaciones, obligaciones, disgustos. Y tienes la muerte por delante; ¿no te preocupa?

              También yo muero, me desgasto, me rompo, me desgrano, me convierto en unos pocos restos que ni pueden verse, en polvo. Pero no tengo conciencia de ello y por tanto no me inquieto, no me invade ningún signo de interrogación. No inquiero sobre el más allá ni pienso en el alma ni en qué quedará de mí después.

              A medida que el envejecimiento vaya ganándote verás cómo te conviertes en otra cosa. Pasarás de ser un humano a ser lo humano, poco a poco, como yo; de ser uno a ser cualquiera. Y de ser cualquiera a entrar a ser un concepto, el de hombre, y nada más, de ser un hombre a ser un ejemplar más.

              Advertirás que todo lo que has dicho, sobre mí, sobre el universo y el infinito, ha sido en balde. Que no es posible relacionarme con lo sublime ni con lo santo. Que lo infinito nos rodea por todos lados, pero no tiene nada que ver conmigo o, quizá, tiene que ver tanto que no me doy cuenta. Me has puesto de ejemplo a mí, tan luego a una piedra, que soy como tú, del todo parecida, que siempre está esperando que pase algo, que no tiene ninguna posibilidad de hacer nada relacionado con lo infinito.

              Búscate otra referencia, otro término de comparación, algo más inerte que yo, más insignificante, menos común en el universo. Algo que nos distinga, a ti como observador y a mí como cosa observada. Mira hacia arriba, en que las piedras parecen luces, fogatas y no cenizas. En donde los silicatos, lo más común en este planeta, allá arriba parecen espíritus, juegan a ser dioses, sueñan con enviarnos mensajes sublimes, se esfuerzan por parecernos santos. 


REFERENCIAS

 

BARDIER, Dardo (2024). Lo real y cómo lo pensamos, Montevideo, Fin de Siglo.

FERRATER MORA, José (1994). Diccionario de filosofía, Barcelona, Ariel.

HARTMANN, Nicolai (1957). Metafísica del conocimiento, Buenos Aires, Losada.

KANT, Immanuel (1939). Crítica de la razón práctica, Buenos Aires, Librería Perlado.

McDANNELL, Colleen & LANG, Bernhard (2001). Historia del cielo, Madrid, Taurus/Santillana.

ORTEGA Y GASSET, José (1979). La idea de principio en Leibniz, Madrid, Revista de Occidente/Alianza.

PLANCK, Max (2000). Autobiografía científica y últimos escritos, Madrid, Nivola.

REES, Martin (2001). Seis números nada más, Madrid, Debate.

STEIN, Edith (2012). La pasión por la verdad, Buenos Aires, Bonum.

TRÍAS, Eugenio (2018). La funesta manía de pensar, Barcelona, Galaxia Gutenberg.

TRÍAS, Eugenio (1991). Lógica del límite, Barcelona, Destino.

  

No hay comentarios:

Publicar un comentario

PREGUNTA INFINITA A UNA PIEDRA

1   Quizá el hombre sabe todo lo que concierne a su propia existencia, a su origen y a su destino, pero ignora que lo sabe. En cierto mo...